Dúo D`Accord |
El Dúo D`Accord del clarinetista Vicente Monterrey y la pianista Marita Rodríguez, ofreció un concierto en la Basílica Menor del Convento de San Francisco de Asís en el que tuvieron como invitados a la cellista Maylín Sevila junto a Pablo Ordás con el cajón peruano.
Fue un programa que transitó entre lo más curado en la tradición y el vino joven que la renueva, incluyendo el Trío Opus 11, de Ludwig van Beethoven, para clarinete, cello y piano, con esta joven cellista que se montó rápidamente en el carrusel de tan experimentados maestros haciendo la mejor música de cámara.
Efectivamente, la escuchamos tan atemperada como ellos en esa intención de sumar lo individual en la imagen colectiva, pues a pesar de que hay oportunidad para el destaque personal cuando cada uno dice su propia parte, tienen muy en cuenta cómo dijo el otro la suya, y ponen entonces todo su arsenal técnico e interpretativo al jugar con los más diversos caracteres.
Y Beethoven lo exige en todo momento, pero muy particularmente, en el Tema con variaciones que cierra ese trío, en el cual presenta las combinaciones más audaces y el juego de sonoridades traspuestas de un instrumento al otro como haciendo de eso el eje de un elocuente plan estructural.
Y fue así como interpretaron también las Tres piezas fantásticas Opus 73, para clarinete y piano, de Robert Schumann, en una dedicatoria por el aniversario 200 de su natalicio, con semejante fluidez melódica, incluso más expansiva en la curva descrita por motivos que se levantaban cuando ya parecían languidecer, con un juego de texturas y timbres que además, les da su relieve, aunque por momentos nos parecieran algunos ataques un tanto excedidos, algo que no es característico del cuidado que siempre han puesto ambos, Marita Rodríguez con la diversidad de su toque pianístico, y Vicente Monterrey cuidando usar su embocadura de cristal con la numeración exacta y el barrilete de metal con anillas para el enfriamiento que sostienen la afinación y el timbre más precisos.
Esto pudo responder al cambio que hizo entre dos clarinetes, cada uno con su barrilete, pero ni lo puedo precisar ni creo que sea tema de un gran discurso, sólo que sí pudiera ilustrar la compenetración del buen ejecutante con un instrumento dado, cuando ya se le vuelve una prolongación de sí mismo.
La segunda parte del repertorio la dedicaron a la música argentina, con una Sonata, de Carlos Guastavino que desde el comienzo mismo abre con tensiones y pone a prueba la capacidad de ambos intérpretes para subir una cuesta con sus mesetas en momentos de contraste que ellos logran ir armando como parte de un discurso con varios planos funcionando a la vez, como la vida misma, en el que las cosas no se proyectan en dos dimensiones exclusivamente.
El resto del programa lo conformaron con obras de Astor Piazzolla, la Milonga del Ángel, a piano y cajón, con Pablo Ordás como invitado en un seguimiento mayormente en paralelo que reproduce el pulso o el ritmo del piano en un plano discursivo desintegrado en su pretendida suficiencia, porque el origen y la función de ese instrumento que llegó al flamenco en un viaje de ida y vuelta al Perú no funciona igual en la milonga, requiere su adaptación e hilvanado para lograr la coherencia y fusión, aunque resultara una nota pintoresca.
Con el cello y el piano haciendo El gran tango, regresamos al concepto cameral de integración e interrelación, en una meditativa y raigal imagen que, como el género rioplatense, suma en su cantable el clamor y la expresión enérgica, la decisión de levantarse después de la caída, con una fuerza a la que inmediatamente después, ya unidos de nuevo clarinete, cello y piano para interpretar el Verano porteño, resulta como que le diera continuidad y añadieran un poder inusitado, incluso cuando el pulso apremiante se detiene y nos impone un suspenso alternando con un canto sentido desde lo más profundo para subir en la escalada final.
* El autor es musicólogo y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional. |