
Foto: Martí y Máximo Gómez, dibujo.
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“Yo ofrezco a Vd., sin temor de negativa, este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”.
Así escribe el Delegado del Partido Revolucionario Cubano, José Martí, en tierra dominicana, en el otoño de 1892, al Mayor general Máximo Gómez, quien ha sido también electo por el voto de los militares que integran los clubes, como General en Jefe del Ejército Libertador.
Se reencuentran los dos héroes. Ocho años atrás el diálogo quedó trunco, y muchas fueron las diferencias entre Martí y Gómez, cuando en 1884 y junto a Antonio Maceo intentaron –los tres- organizar un nuevo movimiento insurreccional para llevar a Cuba la libertad.
El tiempo ha ido también abonando el sendero de este nuevo episodio en el que se produce uno de los momentos cruciales de la historia de Cuba, cuando dos hombres se levantan sobre sus piernas y se empinan sobre sí mismos, desde la grandeza de los ideales, para encabezar la tercera y última guerra de independencia de Cuba en el siglo XIX.
Ni un segundo de duda cabe en el Generalísimo: “En cuanto al puesto que se me ha señalado al lado de usted, como uno de los más viejos soldados del Ejército Libertador de Cuba -escribiría en su respuesta el bravo dominicano— para ayudar a continuar la obra interrumpida, tan señalada honra, tan inmerecida confianza, no tan solamente deja comprometida mi gratitud, sino que al aceptar, como acepto tan alto destino, puede estar seguro, que a dejarlo enteramente cumplido consagraré todas las fuerzas de mi inteligencia y de mi brazo…”
Comenzaba, entonces, una relación interpersonal, una colaboración profunda entre el pensamiento político de Martí y la experiencia militar de Gómez, para articular ambos el proyecto del desembarco simultáneo, y encabezar la guerra necesaria.
Tanto en Santo Domingo como en Nueva York, cuando el Generalísimo visite posteriormente al Apóstol y le deje a su hijo Panchito, para que acompañe al Delegado por su periplo centroamericano y mexicano, como en los días de Haití y la manigua, se fue consolidando esta amistad, diálogo hermoso que no habla en abstracto de la calidad humana, sino de la dimensión carnal, desde la verdad cotidiana, de dos cubanos extraordinarios.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |