José Martí, dibujo
|
Mayo, que en nuestro hemisferio y al norte, entre las cálidas aguas del Caribe, es el mes de las flores, ingresa luctuosamente cada año, con la noticia de la muerte de Martí.
Sin embargo, no es la caída, el 19 de mayo, aquel aciago mediodía de sol y fiebre entre la altísima hierba de Guinea la que deseo recordar, sino la presencia afectiva del hombre, del ser de carne y hueso, frágil en su finitud humana, entre la tropa, sobre la piedra inerme en la que descansa su cabeza o al pie de una mata de plátano que le entrega sus frutos para saciar su hambre.
Son esas jornadas de júbilo, las que le permitieron vivir los momentos más intensos de sus 42 años, las que evoco, volcado en su oratoria entre una masa de patriotas que no le conocían, iletrados, analfabetos, gente muy pobre, descalza y sufrida que le escucha y se pierde entre los giros de su palabra, ajeno el diálogo, aunque parezca un soliloquio, al lugar común, a la falacia de una promesa…
Es José Martí, alzado sobre sí mismo, hijo de sí, como el homagno de sus versos proféticos, traducido su espíritu a la verdad del acto, cuando no cabe mentir, ni hay espacio para la ilusión porque todo es verdad, el manantial y el río, la brevedad del arroyo, la sierra y los acantilados, el cuerpo húmedo por la lluvia, el nerviosismo de los caballos, el café endulzado con la miel y la jutía degustada por primera vez, entre tragos de ron y palabras viriles.
Así regresa en su verano de fuego, de órdenes y declaraciones, de apuntes como relámpagos en su pluma, de ir venciendo la desconfianza de los veteranos, de ir mesurando la impaciencia de los jóvenes iracundos que aspiran al heroísmo, de fundar una patria más justa y también más humana, sobre los despojos de la colonia, de la esclavitud, de las desigualdades.
Ese Martí a caballo o a pie, mochila y fusil al hombro y sus libros, empinándose como un batallador, sin una queja, sobre las llagas, el pus, la sangre que se deja sentir entre la bota y la media, vestido de civil, entre soldados, ya Mayor general, y sin dejar de ser el Delegado del Partido, el hombre que aglutina y vence los resentimientos, los rencores que no escapan de la naturaleza humana. Sí, mayo es hermoso, aunque nunca debió ser más hermoso que en aquel año de 1895.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |