En el imaginario colectivo de la sociedad cubana, el rol protagónico de la madre sobresale como expresión legítima de una cultura, y en ese contexto igualmente se ubica el culto martiano por su madre, doña Leonor Pérez Cabrera.
Como tantas mujeres, desde los tiempos fundacionales de la nación cubana, aquella fémina, nacida en Santa Cruz de Tenerife, madre de ocho hijos (entre ellos de un único varón, su José Julián), estableció profundas relaciones con sus criaturas, y muy en particular, a pesar de la prolongada ausencia, con aquel Pepe tan suyo, tan dolorosamente suyo.
Si nos introducimos en lo que hoy se llama la suprahistoria, y hacemos énfasis en la historia de las mentalidades, podemos apreciar con mayor justicia aquellos vínculos afectivos y el papel de la madre.
Y es que en la sustancia primaria del hogar y de la familia es donde se realiza el primer aprendizaje del ser humano, y del diálogo con el ejemplo, no sólo desde la palabra, sino como valores conductuales que se manifiestan en la cotidianidad, es el espacio iniciático de cada persona.
Así, a la enseñanza de la modestia y de la laboriosidad, desde la humildad de la cuna, al mérito propio gracias al trabajo, al decoro y la defensa de la verdad, con el aval del testimonio diario, a ella acudimos para rendir tributo a doña Leonor, en este junio del 2007, al cumplirse el centenario de su muerte, ocurrida en La Habana, en medio de hijas y nietos, con la vista nublada, en medio de una república que no prestó, entonces, ninguna delicada atención a aquella mujer de la que nació Martí.
Entre los dos, entre la madre y el hijo hubo nexos intensos, y ambos vivieron difíciles experiencias, como aquellas noches turbulentas de La Habana, colmada por la represión del cuerpo de Voluntarios, cuando ella busca a su hijo, enfrascado en medio de la rebeldía de su adolescencia, en la edición de La Patria Libre.
O cuando leemos las cartas que envió a las autoridades de la colonia, ya preso y encarcelado su vástago, mientras defiende su vida, y se entrega, junto a su esposo don Mariano, al rescate de José Julián hasta que los dos logran sacar a su hijo del presidio político y del trabajo forzado y luego, logran que este pueda ir hacia España, en su primer destierro, para que continúe sus estudios.
Será la madre apasionada, vehemente, algo celosa, que no logra asimilar jamás a su nuera, a Carmen Zayas Bazán, a aquella hija de patricios camagüeyanos, tan distante de doña Leonor, en su pobreza, y será siempre la abuela que apenas puede disfrutar de su nieto José Francisco.
La misma que sigue al hijo a México en los años 70, y allá lo recibe en sus brazos, en breve espacio de tiempo, y luego vive la separación hasta que concluye la guerra con el Zanjón y él puede retornar a la Isla, de donde debe partir al destierro nuevamente, la madre que, ya viuda, se reúne con su Pepe en Nueva York y con el hijo amado celebra su cumpleaños el 17 de diciembre de 1887, la que no lo vuelve a tener en sus brazos…y leerá su carta de despedida…la respuesta sus reproches, y apurara en silencio su caída en Dos Ríos.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |