María del Carmen
Zayas Bazán
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El costado íntimo de la experiencia humana siempre sobrecoge. Hay algo de pudor que se levanta, sobre todo, cuando nos aproximamos a ese escenario personal en la vida de un hombre como José Martí.
Mas su existencia no es de mármol, sino estuvo hecha de sangre y fuego, de carne y deseos, de verdaderas pasiones. Y, entre ellas, los sentimientos y emociones que compartió también como amante.
Varias fueron las mujeres que transitaron por su vida, desde el amor que siempre profesó a su madre, doña Leonor, y a sus hermanas, hasta los amores y amoríos de su adolescencia y juventud, sus múltiples y muy diversas experiencias afectivas con la mujer.
Entre ellas hay una que lo estremeció. Me refiero a la joven camagüeyana María del Carmen Zayas Bazán, quien sería su esposa, desde que unieron sus vidas, en ceremonia civil en el hogar de la familia de Manuel Mercado y en el Sagrario de la Catedral de Ciudad México, hace ya 130 años, ambos con la misma edad, pues él sólo le llevaba unos meses a ella, dos jóvenes enamorados de 25 años.
La historiografía martiana no es complaciente con esta mujer. Se le trata con dureza y se le crítica su incapacidad de sacrificio, su negación a compartir, con su esposo, las penurias y calamidades del destierro, así como y sobre todo, su ceguera o su desinterés ante la obra mayor que Martí había emprendido, la de la independencia de Cuba.
Sin justificar a Carmen, pensemos quien fue, quien era aquella hija de patricios principeños, autoexiliados en México durante la Guerra de los Diez Años, ante la violencia de aquel período de la historia cubana, con el que esa familia no estuvo tampoco comprometida.
Pensemos en la pupila aguda de Leonor Pérez quien, al conocerla primero y luego al apurar su destino como suegra, supo definir a aquella joven, educada para una vida feliz y sin preocupaciones, muy ajena a los múltiples avatares y urgencias de la vida que ella vivió junto a Mariano y a sus hijas, ante la ausencia de su Pepe. Su intuición femenina y también sus celos de madre, le dieron armas para definir a su nuera.
El amor surgió en la pareja en México, cuando Pepe Martí era un joven desterrado, periodista prometedor, poeta y traductor, celebrado autor representado en el teatro Principal, con esperanzadores reclamos en la sociedad que luego, parecían posibles de verse realizados en tierra guatemalteca.
Joven, hermoso y apasionado, de palabra brillante, José Julián se apoderó de Carmen y ella con sus expresivos ojos, y cuajada de pasión y de deseo, atrapó a aquel galán, tan disputado por las féminas de su tiempo.
Desde Guatemala él escribió a sus amigos Fermín Valdés Domínguez y Manuel Mercado para que tramitaran sus documentos, de Centroamérica partió a buscar a su Carmen, a pesar de la amistad amorosa que había brotado con la otra María, la García Granados…
No sólo cumplía la palabra dada a don Francisco Zayas Bazán al pedir a su novia en matrimonio antes de abandonar México, realizaba sus sueños más íntimos, los que encontraron en Carmen el amor, quizás, la relación más intensa y compleja que primó en su existencia… Carmen, extraordinaria; yo, feliz… Es una afirmación que resume la experiencia de sus bodas.
El viaje hacia Guatemala fue una odisea, y sin embargo, para el joven matrimonio fue uno de los momentos más espléndidos de sus vidas. Fue una luna de miel poblada de aventuras, en busca del Pacífico, por los campos y a cielo abierto, al cruzar Iguala, Chipalcingo hasta llegar al puerto de Acapulco.
El joven esposo teme por su amada, en medio de aquellos bosques y mesetas, pero los dos sonríen ante las dificultades…bajo la lluvia y entre sus besos, se produce el milagro del amor compartido.
Unos meses antes, él había escrito en uno de sus poemas:
Es tan bella mi Carmen, es tan bella,
Que si el cielo la atmósfera vacía.
Dejase de su luz, dice una estrella
Que en el alma de Carmen la hallaría.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí.
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