Martí en la Junta cubana de Nueva York
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Desde su primera estancia en los Estados Unidos, en 1880, cuando se alojó en la casa de huéspedes de los Mantilla, y vivió algunos meses en compañía de su esposa y de su pequeño, posteriormente, el joven Martí fue sometido al espionaje, y siguieron sus pasos agentes de las entonces privadas empresas que, como la Pinkerton, se encargaban de tales menesteres, al servicio de las autoridades españolas y de los diplomáticos hispanos en Norteamérica.
Varios años después, y cuando asumía sus responsabilidades como Delegado del Partido Revolucionario Cubano y aunaba voluntades, superaba rencores y heridas entre los patriotas de la emigración y de la Isla, en el proceso de organizar la guerra que él llamó necesaria, también sufrió tal espionaje, y el cerco apretado de la connivencia entre el poderío español y el gobierno norteamericano.
De ahí que, en 1892, se viese Martí obligado a viajar a Washington para presentar, de manera extraoficial, una protesta ante las violaciones que sufría la correspondencia del Partido Revolucionario Cubano, ante las maniobras que venía realizando, en territorio norteamericano y contra los miembros del movimiento patriótico, el aparato represivo del gobierno estadounidense, para desmantelar todos los proyectos revolucionarios y, especialmente, apropiarse de los recursos acopiados con fines bélicos.
Como lo había subrayado, tempranamente, en sus discursos pronunciados en Tampa y Cayo Hueso, era necesario el despliegue de las armas de la inteligencia entre la emigración, para eludir aquellas acciones enemigas, y utilizar los medios de la propaganda de la época, desde la oratoria a las cartas y otros documentos, así como las páginas del periódico Patriay de otros diarios de los emigrados para organizar el trabajo, con la más absoluta discreción, bajo los principios de métodos secretos y fines públicos.
Los viajes continuos del Delegado por los distintos estados y ciudades de la UNION, así como su profusa correspondencia, sus artículos publicados en la prensa y sus discursos fueron instrumentos de una política cautelosa, en la que no sólo se iba conformando el andamiaje organizativo de los planes revolucionarios, sino formándose una ideología, y preparándose a los hombres para la magna tarea de la independencia.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |