Mariana Grajales
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En Jamaica, y durante su viaje de proselitismo por el Caribe, conoce José Martí a doña Mariana Grajales y también a María Cabrales, la esposa del General Antonio Maceo, durante su visita a Kingston, como Delegado del Partido Revolucionario Cubano, en octubre de 1892, hace más de un siglo.
Un año después, en 1893, al fallecer la heroína, publicaría en las páginas del periódico Patria una emotiva crónica, a solo quince días del fallecimiento de aquella mujer hermosa que lo recibió a él con su pañuelo de anciana la cabeza, con los ojos de madre amorosa para el cubano desconocido, con fuego inextinguible, en la mirada y en el rostro todo, cuando se hablaba de las glorias de ayer, y de las esperanzas de hoy...
La síntesis de la poesía se expresa, en esa ocasión, en la obra del periodista quien, al nombrar a la anciana fusiona hijos y madre cuando la llama: Mariana Maceo, para entregarnos la sustancia de un símbolo.
Allí está la memoria que se desgrana, desde la evocación, y el encuentro fluye ante nuestros ojos, cuando todavía leemos aquella crónica, y del brazo de Martí nos reencontramos con Mariana, y con ella conocemos al esposo, que cae mientras pronuncia su nombre y da fe de su muerte en acto de amor, y vivimos la perdida de sus hijos, en medio de la Guerra Grande.
Es, sencillamente, Mariana, y esta cobra vida en la palabra de Martí, y el mensaje de duelo no trae acento de ausencia, sino que es grito de esperanza y de amor, y así dialoga con el hijo, con Antonio Maceo, a quien escribe al conocer el dolor que él no ha vivido ni vivirá nunca, porque doña Leonor ha de sobrevivirle, y sin embargo, entiende, porque también está mordido por la ausencia, y por algo más doloroso aún, la falta de ese diálogo íntimo, que sólo es posible cuando se comparten los mismos ideales, y el sacrificio no es locura, ni tampoco la pobreza es triste.
Siente, y es legítimo que así sea, cierta dosis de envidia cuando ve que Maceo y sus hermanos tienen no solo la leyenda del hogar, sino la vivencia de aquella madre heroica que los comprende y alimenta, hijos como son de su sangre y de su espíritu, y él se aproxima a doña Mariana, necesitado también como está, desde su condición de hijo, de encontrar ese cálido abrigo en medio de tanto invierno y de tanta incomprensión.
Es breve el trabajo periodístico, cada palabra revela una emoción, aunque el duelo justifica la crónica, no es la muerte la que protagoniza el tributo, sino la vida, la existencia de una matrona singular que bien merece el amor de sus hijos, y de su Patria.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |