Nueva York, 1880
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A un país sólo se le conoce por dentro, no en un viaje turístico ni tampoco en una visita apurada y de rutina. Es necesario, imprescindible el trato cotidiano, la experiencia común y compartida, los sueños y fracasos, el descubrimiento de lo hermoso y también de la maldad.
Por eso, de cuantos intelectuales latinoamericanos escribieron, en el siglo XIX, y todavía escriben sobre los Estados Unidos, entre tanta papelería sobresalen los textos, las crónicas, las cartas y los discursos de José Martí.
Cuando él llegó a aquel enorme país, y se estableció en Nueva York, en enero de 1880, hacía sólo tres lustros que había concluido la terrible guerra civil que devastó a la nación, particularmente, al sur en la contienda que duró cuatro años y que enfrentó al poderío industrial del norte, con ese sur de ascendencia latina, en buena medida, y orígenes neofeudales, en los que junto a la esclavitud había un espíritu señorial, más próximo a las costumbres y culturas de los hispanoamericanos de aquella centuria.
Pasarían más de veinte años antes que un presidente que proviniese del sur de la UNIÓN, como Cleveland, del Partido Demócrata, institución política muy vinculada a los confederados sureños, pudiese regir los destinos del país.
Ciertamente, y tras las leyes de Lincoln, quien cayó en los últimos momentos de la guerra de secesión, ya victorioso el norte y con él también el Partido Republicano, se abolió la esclavitud que existió, en los Estados Unidos, durante casi un siglo después de haberse proclamado la independencia.
Pero continuaba la discriminación racial que sólo sería superada, en el ámbito jurídico y en el contexto social, en el siglo XX, luego de una gran lucha a favor de los derechos civiles, en el marco de la guerra de Viet Nam, en un movimiento de gran repercusión que encabezó el reverendo Martin Luther King Jr., quien por eso mismo caería asesinado.
Tales realidades no escaparon de la pupila crítica del joven emigrado cubano quien, tempranamente, denunció el problema del indio, de las poblaciones originarias de Norteamérica, reducidas a virtuales campos de exterminio, como lo expondría en sus crónicas enviadas al diario La Nación, de Argentina, en 1885, cuando reseñó la Convención de Amigos de los Indios, celebrada en Lake Mohonk, en la ciudad de Nueva York. ¡Pobre pueblo de 300 000 salvajes dispersos que lucha sin cansarse con una nación de cincuenta millones de hombres! Como condenaría la situación del negro, tras la guerra civil, y escribiría sus críticas sobre el racismo.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |