Revista Venezolana,
Director José Martí
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Un joven de sólo 35 años se había adueñado de los más relevantes espacios periodísticos del continente. Era un cubano y se llamaba José Martí. Sus crónicas aparecían en diversos países, desde Centroamérica a Sudamérica, y también en los Estados Unidos, ampliando a la manera de una caja de resonancia sus palabras ante un auditorio muy plural.
Por eso, además era reclamada su presencia, y se le encomendaban tareas especiales, como las de actuar, en Nueva York, en calidad de corresponsal, representando a otras publicaciones e instituciones culturales y sociales del continente.
Así, y en 1888, la Asociación de la Prensa de la Argentina le acreditó como su representante en los Estados Unidos y Canadá. Y igualmente, la Academia de Ciencias y Bellas Letras de San Salvador lo había designado como socio corresponsal en Norteamérica.
La autoridad del verbo, del discurso literario y periodístico de Martí había cobrado suficiente densidad intelectual, y reconocimiento en el plano de las ideas para que se confiara en su actuación, ganado el apoyo desde la confianza y el respeto que él había sembrado, gracias a una labor sistemática, que ya contaba con más de un lustro, gracias a sus artículos publicados primero en diarios de Venezuela, y más tarde, en aquella singular tribuna que fue, en aquella centuria, el diario La Nación, de Buenos Aires.
Asimismo, desde el reconocimiento público de su talento, el joven emigrado en tierras neoyorquinas, había sido elegido para integrar la junta directiva de la Sociedad Literaria Hispanoamericana, que años más tarde llegaría a presidir, al tiempo que asumía compromisos diplomáticos desde la representación del consulado uruguayo, al sustituir a su amigo Enrique Estrázulas.
Ese era el Martí que, pronto, se reincorporaría a las actividades revolucionarias, y a fundar la obra de la unidad, con la creación del Partido Revolucionario Cubano y a preparar la guerra que llamaría necesaria, para alcanzar la independencia y construir la realidad de sus sueños, porque desde la infancia, en su afiebrada adolescencia, y en su juventud, Cuba siempre fue para él agonía y deber.
Así en el ejercicio de la propia existencia, desde la sustancia de la creación literaria y periodística, Martí nos dejó el ejemplo y el reto de su experiencia, para devenir no sólo para nosotros en icono, sino en referente de la lengua española, al alcanzar la estatura y la dimensión de un clásico, precursor de las transformaciones estéticas que se producirían en el siglo XX.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí
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