Ramona
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Ningún hombre renuncia a sus sueños, y mucho menos a su capacidad de soñar. Martí fue uno de esos seres que, en medio de las mayores dificultades, tuvo una capacidad de trascendencia que lo salvaba, gracias también a su espiritualidad, de caer en la rutina cotidiana.
El pan ganar, lo sabemos, fue para él, como para muchas personas, una realidad de la que no podía evadirse, sólo que su cultura, su apetencia de conocimientos, su respeto por cuantos leían sus textos, lo llevó a la escritura de páginas memorables, concebidas desde el ejercicio del deber, desde el oficio de la palabra.
De esa manera nos entregaba sus ideas y sentimientos, vivencias y emociones, la propia existencia, mientras publicaba en los más disímiles periódicos tanto de la emigración cubana y latinoamericana, como en los diarios del continente, desde los más prestigiosos hasta los más modestos, muchos de los cuales además pirateaban sus trabajos sin pagarle al autor ninguna retribución económica.
Pero dentro amplio espectro que cubrió Martí desde los Estados Unidos, durante tres lustros, desde 1880 a 1895, igualmente intentó otros proyectos, más afines con su temperamento y a los que dedicó tiempo e, incluso, recursos financieros.
Me refiero a uno de sus grandes sueños, el de asumir una editorial, destinada a los lectores hispanohablantes, y en la que se publicarían obras literarias y científicas que enriquecieran a nuestros compatriotas, propósito este por el que luchó durante varios años y para el que, lamentablemente, no encontró auxilio ni solidaridad.
En este escenario Martí realiza la traducción de una exitosa novela de la escritora norteamericana Helen Hunt Jackson, a la que tanto admiró, cuya edición él mismo costeó y que apareció con el título, en español, de Ramona. Novela Americana.
En el volumen, y desde la óptica de la narradora, se exploraba el espacio geográfico y cultural entre los pueblos de México y de los Estados Unidos, desde el conflicto de una historia de amor, en la que estaban, asimismo insertados los aborígenes, los pueblos originarios.
Sin embargo, esta edición que tuvo el valor añadido de la versión al castellano ejecutada por el propio Martí, quedó sólo en la modesta edición, asumida por el cubano, quien no encontró eco para efectuar este costado de su creación, dentro del amplio registro de la literatura y el libro, que fueron por excelencia, los que expresaron su espiritualidad, e hicieron perdurable su presencia, entre nosotros, desde la calidad del escritor, traductor y editor que de igual forma habitó en aquel periodista, y en aquel joven enamorado de la vida.
Y es que una de las constantes en la trayectoria martiana, lo sería ese diálogo con el otro, desde una mirada verdaderamente humanística, con la que se adueñó de las experiencias de su época, y de lo más relevante de la cultura que se produjo entonces a fines del siglo XIX.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí |