Muchas veces la deidificación de una figura del calibre de José Martí nos hace ignorar el costado humano, la cotidiana existencia del hombre que debía asumir sus compromisos, responder a las necesidades materiales más simples, al tiempo que se empinaba sobre sus angustias, para iluminar su espíritu.
Martí no escapó a esos compromisos ni tampoco pudo eludir las rutinas del día a día. En más de una oportunidad, y en su abultada correspondencia con sus amigos y familiares, vemos cómo nos deja la crónica de tales vivencias, y cuánto pesa sobre su alma la premura del existir que lo condena, más de lo que él desearía, a abandonar proyectos y sueños, para asumir los oficios del pan ganar sobre aquella mesa suya, modesta y simple, sobre la cual escribía crónicas, cumplía compromisos y se ganaba sus dineros, para asumir alimentos, vivienda e, incluso, tratar de auxiliar, con alguna remesa familiar a su madre y hermanas que se encontraban en Cuba.
Vivió la angustia del emigrado, del latino en Nueva York, y estudió el inglés, empresa que lo motivó desde las aulas del San Pablo, cuando era discípulo de Mendive e intentó traducir a Shakespeare y a Byron, para poder responder a las exigencias del mercado laboral.
Así lo encontramos, con 30 años, hace más de un siglo, 125 años para ser más exactos, trabajando como lo escribe a su amigo, el mexicano Manuel Mercado, en las oficinas comerciales de Carlos Carranza.
Y, también, traduciendo para la editorial Appleton el libro de A.S. Wilkins: Antigüedades Romanas, trabajo este que le permite costear el viaje de su padre a Nueva York, y celebrar junto a Don Mariano, con la alegría de tener a Pepito y a Carmen, en un período de breve felicidad conyugal, el cumpleaños del anciano en aquel octubre de 1883.
Gracias a esta oscura labor, que no siempre enriquece su mente, y que lo somete a lecturas pedestres, como cuando debió traducir el libro Nociones de Lógica, de William Stanley Jevons, para la mencionada editorial, cuyo único aporte fue el dinero que recibió con el que trajo a su progenitor, y se produjo el diálogo enriquecedor entre el hijo y el padre, y todo sin abandonar los sueños de la patria, que lo llevan también a entrevistarse, en Nueva York, con el Brigadier Emilio Núñez, y a participar en reuniones de los emigrados, renuentes a dejarse vencer por la desolación.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí |