En las primeras horas de la mañana, contempla la fecha y deja constancia de su desplazamiento, en compañía de tropa breve y bisoña, hacia el campamento de Vuelta Grande.
Han transcurrido ya 38 jornadas en la manigua desde el desembarco. Interrumpe sus reflexiones, y deja además inconclusa la carta que escribe a su hermano, el mexicano Manuel Mercado.
Tropas españolas se mueven por la zona. El Generalísimo ha salido tras las huellas del enemigo, con 40 jinetes. Martí se impacienta. Y envía una nota a Máximo Gómez, la última de que se tenga noticia, cuando apremia al jefe mambí: No estaré tranquilo hasta no verlo llegar a Vd.
Mas los españoles acechan los movimientos de los cubanos, desde la orilla izquierda del Contramaestre y siguen los rastros que deja la fuerza criolla, hasta llegar al campamento.
También el General en Jefe Máximo Gómez sigue las huellas de Martí y del General Bartolomé Masó con inquietud. Al fin, y al mediodía, se reúnen los tres, entre el clamor de la mambisada.
Pero el jefe español, el coronel José Ximénez de Sandoval coloca sus avanzadas sobre las barrancas del río, para cortar el paso a los insurrectos. Despliega las compañías en línea, a cuatrocientos metros del Contramaestre, tiene una posición ventajosa ante el combate que se producirá en el cruce con el Cauto.
Dos horas más tarde se produce el encuentro cuando una patrulla cubana choca con los exploradores enemigos. Estalla la pólvora, y con 300 jinetes el Generalísimo se lanza al campo de batalla, pretende dejar a resguardo del fuego y del peligro a José Martí, mientras él, como Masó, y otros oficiales, se lanzan en medio de las balas, cruzan sus aceros, y se ven impedidos de maniobrar por una cerca de alambre y los barrancos, inaccesibles para cargar con la caballería.
Con unos 50 hombres finalmente se lanza el viejo Gómez de frente y cruza el Contramaestre, el resto de su tropa queda del otro lado, incapaz de vencer los obstáculos naturales, entre profundos barrancos, ríos y bosques.
Pero Martí no puede quedar atrás. Debe combatir. No sólo es el Delegado del Partido, quien organizó esa guerra, sino igualmente un Mayor General del Ejército Libertador. Y en compañía de su ayudante, el teniente Ángel de la Guardia avanza al galope entre la alta espesura de la Hierba de Guinea que cubre a los caballos y a los jinetes y que oculta la presencia del enemigo que los aguarda con ferocidad, cuando ofrece blanco perfecto a la fusilería española…Y cae, con tres balazos en la manigua…de cara al sol.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |