En los numerosos acercamientos realizados a la figura de José Martí, se nos revela un aspecto de encarnadura ética, muy bien subrayado por Alejo Carpentier en su lectura martiana: la voluntad de servir.
Y es que ese rasgo de su personalidad se manifiesta desde los días aciagos del presidio y el trabajo forzado, cuando los testimonia en su ensayo, y en el que da protagonismo y hace énfasis en el dolor del otro, asumido como propio. Cuba y su derecho a la independencia y a la libertad, incluido como fundamento el principio moral de la abolición de la esclavitud, fueron asumidos en el legado martiano además como una obra de servicio, a la que se entregó íntegramente desde los 16 años y que continúa más allá de Dos Ríos, como obra de servicio a lo que definió, como el equilibrio del mundo.
Desde aquellos días en Guatemala, y con sólo 24 años, queda una declaración programática de ese profundo sentido de la eticidad, de su proyecto: Vivir humilde, trabajar mucho, engrandecer a América, estudiar sus fuerzas y revelárselas, pagar a los pueblos el bien que me hacen: este es mi oficio. Nada me abatirá; nadie me lo impedirá.
Desde la humildad, y reafirmado en la convicción de sus principios, nutrido el ideario por la vivencia personal y la lectura tanto como por la reflexión, fue desarrollándose esa proyección suya que trasciende lo individual y asume lo social como un compromiso moral, signado por la voluntad de servir, como única y posible utilidad de la virtud.
Y no sólo la Isla, sino la patria grande, como llamó Bolívar a la América Latina, que Martí denominó nuestra América, sería su contribución, y el pago de su deuda con la Humanidad, obra que latió en su médula, y magnificó desde su apostolado revolucionario, al sentirse compulsado a escribir la estrofa que faltó al poema de la independencia en 1810, con la libertad de las Antillas, de Cuba y Puerto Rico.
Así va construyendo igualmente, el movimiento político que tendrá su programa en el Manifiesto de Montecristi, elaborado por Martí y refrendado por él en su calidad de Delegado del Partido Revolucionario Cubano y del Generalísimo Máximo Gómez, como jefe del Ejército Libertador.
A los patriotas de la Isla y de la emigración se dirige mientras enfrenta la propaganda y la ideología de los autonomistas y también las corrientes del anexionismo afiliadas a los Estados Unidos, mientras crece y consolida su liderazgo, asentado en los sectores más populares, quienes ocuparán el protagonismo histórico en 1895, el que fue asumido en 1868 por el patriciado, como continuidad de la guerra y en consecuencia de una Revolución que con Martí se radicaliza.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí.
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