Escuela de Derecho,
Universidad
de Guatemala
donde
Martí
impartío clases.
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Hay períodos de la biografía martiana en los que no solemos detenernos, y pasamos por alto nada menos que un proceso de construcción, en el desarrollo vivo de una personalidad histórica que fue constantemente enriqueciéndose. Por eso, y al cumplirse 130 años de la llegada de José Martí a tierra guatemalteca, debemos también valorar aquella breve estancia suya en Centroamérica.
Eran los tiempos de las llamadas revoluciones liberales, del enfrentamiento entre las ideas democráticas de la modernidad que incluían la educación y el estado laicos, después de varios decenios de independencia, lastrados todavía por el imaginario social y, sobre todo, por las estructuras coloniales.
Es en ese momento que el joven José Martí, con sólo 24 años, y luego de la experiencia del México postjuarista, igualmente escenario de la ideología liberal, que se produce el arribo del emigrado cubano a la patria del quetzal, en la segunda mitad del siglo XIX, cuando el país vivía un proceso modernizador, en el que imperaban las corrientes progresistas que había sido iniciadas por el general García Granados, padre de la célebre María, la que conocemos por el poema de los Versos Sencillos, dedicado a la niña de Guatemala, y que se prolongaba bajo el gobierno del general Justo Rufino Barrios.
Tales vivencias, en calidad de testigo histórico, permitieron a Martí ampliar el registro de su análisis sobre el problema de la independencia, sobre todo ante una sociedad que no era inclusiva de todos sus pobladores, y que ignoraba y marginaba a la gran masa aborigen, lo que devino instrumento para las ideas y el propio proyecto liberador martiano en su destino Cuba.
En Guatemala fue maestro, tanto en la Universidad como en instituciones académicas que hoy equipararíamos con la enseñanza preuniversitaria, y si en México fue el periodismo su manera de vivir, y de introducirse activamente en el medio social azteca, ahora sin abandonar la prensa, ni tampoco la oratoria, sería decisiva su actividad como docente, en el diálogo con las nuevas generaciones.
La libertad representada por las libertades de pensamiento, de ciencia, de creencias religiosas, de asociación, de comercio, la libertad en todo, con la única restricción del respeto a la libertad de los demás. Estos principios que fueron asimilados críticamente por el joven Martí, le permitirían ir construyendo asimismo un programa más abarcador, desde el sentido histórico del independentismo latinoamericano.
Centroamérica, en 1877 le acoge, y en ella permanece hasta mediados de 1878 cuando enrumba hacia la Isla, en compañía de su esposa, Carmen Zayas Bazán, tras el Pacto del Zanjón.
Allí, la pequeña burguesía agraria, encabezada por el presidente Barrios, quien pecaba de métodos dictatoriales, debió enfrentar a la iglesia y a los grandes latifundios, contando con la simpatía de la intelectualidad liberal, en cuyas filas militó el cubano.
Y si en México, al conocer al indio mesoamericano, había ampliado su perfil, y utilizado por primera vez el concepto de nuestra América, sería en Guatemala donde elaboraría todo un pensamiento orgánico, el mismo que se enriquecería durante los quince años de su estadio neoyorquino, y en el que asimiló las enseñanzas culturales y sociales de los poemas del Chilam Balam y del Popol Vuh.
Mas su sentido crítico y su capacidad de análisis le permitieron además comprender las limitaciones históricas, ideológicas y políticas del ideario liberal, y en medio de sus propias contradicciones con el régimen de Barrios se produzca la ruptura porque como el propio Martí lo afirmase: con un poco de luz en la frente no se puede vivir donde mandan tiranos.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |