En Ibor City, Tampa, caí en cama. No fue natural mi enfermedad, sino provocada por un villano que intentó acabar conmigo envenenándome…. Así testimonió Martí aquel episodio que él mismo silenció, como lo relató a su amigo Serafín Sánchez, el bravo general espirituano, entonces también en el exilio: Sofoqué el escándalo, y aquí lo he desviado. Pero he padecido mucho, Serafín. Aún no puedo sostener la pluma. Mi estómago no soporta aún alimento, después de un mes…
Durante sus múltiples viajes, en tanto hacía obra de proselitismo entre los emigrados cubanos, y desarrollaba las tareas que le correspondían como Delegado del Partido Revolucionario Cubano, seguido por el espionaje que abundosamente sostenía la diplomacia española, en contubernio con las autoridades norteamericanas, Martí sufrió un atentado contra su vida, cuando regresaba a Tampa, en compañía del patriota José Dolores Poyo, en medio de sus reuniones con los clubes.
Solía tomar el vino de Mariani, considerado en aquel tiempo, un buen reconstituyente, para recuperar energías, derrochadas por él en aquellas continuas giras, siempre resentida su salud…pero dos hombres que le asistían entonces, le dieron al Apóstol vino ya envenenado, que al probarlo, y rechazar su mal sabor, abandonó afortunadamente, mientras reclamaba la presencia de su amigo, el médico cubano Miguel Barbarrosa, quien solía atender sus enfermedades y que le realizó un lavado de estómago.
Una cubana extraordinaria, la patriota Paulina Pedroso, y en cuya casa estaba residiendo Martí, acudió para prestar sus cuidados al Apóstol, quien días más tarde, conversó con quienes intentaron asesinarle… y afirmó que no se extrañaría si alguno de aquellos dos hombres se incorporasen, un día, a luchar como soldados por Cuba libre.
Durante muchos años, y celosamente, se guardó la identidad de ambos miserables, aunque se conoció del suceso, al trasladarse este por vía oral a varios historiadores, entre ellos, al biógrafo de Martí, el ensayista Jorge Mañach quien lo relató en su célebre libro Martí, el Apóstol.
Fueron dos hombres, uno blanco y uno negro, este último se llamó Valentín Castro Córdova, había nacido en Matanzas y, como lo vaticinó el Maestro, llegó a luchar en la manigua, donde alcanzó los grados de Comandante, luego de llegar a la Isla, en la expedición de los generales Serafín Sánchez y Carlos Roloff, en julio de 1895.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |