Martí, Maceo y Máximo Gómez
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Imprescindible resultará, para la organización de la guerra necesaria que él proyecta, y para las labores del Partido Revolucionario Cubano, el encuentro del Delegado con el Mayor general Antonio Maceo que ocurrió, hace 115 años, casi una década después de aquel desencuentro previo que sostuvieron ambos, en compañía del Generalísimo Máximo Gómez, en Nueva York.
Más maduros, y luego de diversos planes fallidos, encabezados por el Titán de Bronce, algunos junto al bravo guerrero dominicano, y medida además por el héroe de Baraguá, la temperatura de la Isla, tras su breve estancia en Cuba, y con la voluntad política, unitaria de Martí, resulta el diálogo entre los dos mayores exponentes de la ideología de la independencia, quienes encabezarán la tercera guerra, la de 1895 y que se realizaría en San José de Costa Rica, país en el que reside el soldado, y ha ganado honores, como en toda Centroamérica, por su decoro y laboriosidad.
Dentro de su nuevo periplo por el Caribe, llega el Apóstol al Istmo de Panamá, del que se traslada a la tierra tica, a donde llegaría el 30 de junio, para ingresar a esa hermana nación por Puerto Limón, y sucederse el intercambio de ideas, experiencias y el necesario diálogo con el general Antonio, con quien se entrevistará en varias ocasiones, así como podrá volver a abrazar a su fraterno amigo, el Brigadier Flor Crombet y ganar, para siempre, el afecto del también General José Maceo y de una juventud patriota que sueña emular con los héroes de la Guerra Grande.
Diversas serán las actividades desplegadas por José Martí, en aquel verano de 1893, en tierras costarricenses, y numerosos serán igualmente los discursos que pronunciará, como el del Gran Hotel, en el banquete que se le ofrece por el gremio de las letras y de las ciencias. Así como asistirá, en compañía del General Antonio Maceo, al Colegio de Abogados, para escuchar la pieza oratoria del cubano emigrado, el licenciado Antonio Zambrana, a quien él recuerda de su infancia, ya que el ilustre habanero integró el claustro del San Pablo, la escuela de Mendive, y en los días de Guáimaro, junto a Ignacio Agramonte, redactó la primera constituyente al proclamarse la República en Armas.
Puede sentirse feliz el Delegado al vencer escollos, la natural subjetividad humana de la que no se libran tampoco los combatientes, ni los líderes de la Revolución. La unidad vence, y fructifica. Cuenta con el apoyo, la entrega y el valeroso patriotismo de los Mayores generales Máximo Gómez y Antonio Maceo, para integrar la triada que encabezará la lucha.
Cuando regresa a los Estados Unidos, enclave de su existencia de desterrado y combatiente, necesitado su maltrecho cuerpo, siempre enfermo, de algún descanso, acude a la casa de verano de su querida Carmen Miyares, en Bath Beach, aunque su mente no descansa y escribe el resumen de aquel viaje suyo:
De Gómez vengo enamorado, y no puedo recordarlo sin ternura. Maceo no me ha puesto el menor obstáculo, me llevó el mismo al Presidente de Costa Rica, se ha libertado del contrato que lo entrataba, ha dejado ajustado conmigo su modo especial de ir. Calixto, pronto.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |