En las letras cubanas, y desde los tiempos fundacionales de la nacionalidad, los más destacados intelectuales de la Isla, desde el magisterio y el periodismo, trabajaron la traducción como una vía de libertad, venciendo el obsoleto esquema neofeudal de la enseñanza hispana, e insertando a Cuba en el contexto del desarrollo científico y de las más revolucionadotas tendencias del pensamiento político y filosófico de la Modernidad. Entre esos creadores, que cultivaron el noble oficio de la traducción, se encontraba también, y desde la infancia, José Martí.
De niño, igualmente en la adolescencia, se interesó por otras lenguas y culturas, así comenzó sus estudios de inglés, costeados inicialmente por su padre, don Mariano, y luego los continuó, como se adentró en el dominio del francés, bajo la tutela de su maestro, el poeta don Rafael María de Mendive, intentando la traducción nada menos que de Shakespeare y Lord Byron.
Años más tarde, esa vocación suya le permitiría asumir la traducción como oficio, para la editorial Appleton, de libros de Lógica, de literatura y de ciencia, lo que le permitiría el sustento, e incluso, poder costear el viaje de su progenitor, a principios de los años 80, para reunirse con él y darle al anciano la oportunidad de disfrutar de su nieto.
Ya antes, y a su llegada a México, entre sus primeras contribuciones en la prensa azteca, estaría la traducción que realizó de Mes fils, el emotivo texto del poeta Víctor Hugo, a quien había podido conocer de tránsito por París, cuando abandonó Europa, para reunirse con su familia.
Asimismo, tradujo Martí obras literarias, cuya edición costeó, como la novela Ramona, y de otros autores, intentando inútilmente, al no encontrar apoyo financiero, un proyecto editorial para dar a conocer, entre los hispanoamericanos, lo mejor y más novedoso de la cultura universal, por esa vía, la de la traducción.
Pero además de su pasión por informar, y trasladar el pensamiento y la cultura, de otras lenguas modernas como el inglés y el francés al castellano, hay otro giro de aquel oficio suyo todavía más complejo, el de traducir, a sus lectores del diario bonaerense La Nación, y a otros que reproducían sus crónicas, el universo de la Modernidad, los cambios que venían produciéndose desde la ciencia y la tecnología, así como en la propia estructura de la sociedad, en los Estados Unidos, que el pudo testimoniar y enjuiciar desde su privilegiada atalaya neoyorquina, con su agudeza crítica y su intelecto.
La obra de poetas como Walt Whitman, que transformaba la mirada e irrumpía con una auténtica transformación de la poesía moderna, el pensamiento filosófico de los trascendentalistas como Emerson, y sus propias vivencias e interpretaciones, permitieron que fuera José Martí uno de los más talentosos y sensibles traductores de nuestra cultura, continuador de la obra que ya habían iniciado Félix Varela, José de la Luz Caballero y José María Heredia.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |