Victor Hugo
|
Hay escritores muy grandes por el cultivo de su ingenio, que desmienten con su vida personal, la fama alcanzada por las obras. Sin embargo, hay otros autores que logran trascender la palabra, y devienen mito, como sucede con ese grande de las letras francesas y universales que es el poeta, novelista, dramaturgo y crítico del romanticismo, el maestro Víctor Hugo.
A él, siempre coherente con sus ideales de libertad, quien se pronunció a favor de los cubanos en sus luchas por la independencia, y apoyó la utopía de la Comuna de París, el mismo que denunció el despotismo del tercer Napoleón, el pequeño…fue también un símbolo para el joven José Martí, quien lo menciona reiteradamente en su papelería, destacando siempre las virtudes espirituales del escritor y sus méritos éticos.
Se afirma que lo conoció en París, antes de regresar a América, luego de concluir sus estudios en España y de vencer el primer destierro. La verdad, es que el aliento de Hugo también está en la poética martiana, acentuado por el sentido heroico y vehemente de lo romántico americano, con particular evidencia en aquellos desgarradores Versos Libres.
Y, entre sus primeras traducciones, cuando se incorporó al periodismo en México, siendo todavía un joven de 22 años, asumió la traducción de una de las más desgarradoras piezas del escritor galo, Mes Fils, testimonio doloroso del padre amante, que encontró eco en Martí, al entregar su versión de Mis hijos a los lectores mexicanos.
Yo habré traducido mal; pero en fin yo me he alegrado una vez bien. Dificultades graves. Traducir es transcribir, de un idioma a otro. Yo creo más, yo creo que traducir es transpensar; pero cuando Víctor Hugo piensa y se traduce a Víctor Hugo, traducir es pensar como él, impensar, pensar en él. Caso grave. El deber del traductor es conservar su propio idioma, y aquí es imposible, aquí es torpe, aquí es profanar. Víctor Hugo no escribe en francés; no puede traducírsele en español. Víctor Hugo escribe en Víctor Hugo: ¡qué cosa tan difícil traducirlo!
Yo anhelo escribir con toda la clara limpieza y elegancia sabrosa y giros gallardos del idioma español; pero cuando hay una inteligencia que va más allá de los idiomas, yo me voy tras ella, y bebo de ella, y si para traducirla he de afrancesarme, me olvido, me domino, la amo y me afranceso. De otros, traducir es pensar en español lo que en su idioma ellos pensaron. De él, traducir es pensar en la mayor cantidad de castellano posible lo que él pensó, de la manera, en la forma en que lo pensó, porque en Víctor Hugo la idea es una idea y la forma otra. Su forma es una parte de su obra, y un verdadero pensamiento: puesto que él crea allí, o la traducción no sería una verdad, o en ella es preciso crear también -yo no lo he traducido, lo he copiado- y creo que si no lo hubiera copiado, no lo hubiera traducido bien...
Por eso, desde el amor y el respeto, se suma asimismo el Apóstol a esa especial veneración que sintió la intelectualidad latinoamericana ante Víctor Hugo, a quien no sólo incorporaron nuestros autores como canon, en lo estilístico, sino y sobre todo, como un modelo cívico.
...He ahí una mano generosa ya que no sabe escribir más que la palabra suma: amor. He ahí un anciano resplandeciente, en cuyos ojos tristes y centelleantes se adivina el noble menester del alma humana de quitarse sus ropas de tarea y vestirse en la región de la luz serena su manto de triunfo. ¡Los que han derramado sangre tendrán que volver a la tierra a borrarla con sus lágrimas! Sólo tienen derecho a reposar los que restañan heridas, no los que las abren. Y Víctor Hugo hace misión de restañar heridas. Hombres hay que no darían limosnas a un pobre por no descomponer, con el ademán de dar limosna, su andar gracioso. Gentes hay que sofocan todos los movimientos de su corazón y no le dan vuelta hasta no ver si cuadran a la comunidad que les rodea.
Hugo ama y tiembla y se espanta de ver matar, y cuando ve las manos febriles del verdugo enarbolando los maderos del cadalso, extiende hacia el juez duro los brazos generosos, y le pide, en nombre de Dios que crea, que no niegue a Dios y que no lo destruya. Y dirán de él que es pedidor frecuente, y que prodiga sus clamores y que ya va siendo uso que no haya crimen de otro sin protesta de él. Más no se vive para ser aplaudido por los egoístas, sino por sí mismo....
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |