Martí pintado por
Roberto Fabelo
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Tenía sólo 35 años, y su papelería se proyectaba, gracias al ejercicio sistemático del periodismo, en distintos países hispanoamericanos. Se le reconocía, y se leían sus crónicas, aunque sólo había aparecido el Ismaelillo, y algunos versos de juventud…Era 1888, y estaba en Nueva York, siempre con la salud quebrantada, de regreso de una breve estancia en Castkill, a donde solía acudir para recuperarse de la fatiga.
Se aproximaba el Diez de octubre y junto a sus amigos Rafael de Castro Palomino, Manuel Párraga y Félix Fuentes se entregaba José Martí a la preparación de un acto, en el que hablaría a los emigrados cubanos, en el Masonic Temple.
Pero también, era reclamado por otras obligaciones, ya que a él acudían, de distintos países, como la Argentina, de tan fuerte presencia en su creación periodística y gracias a sus colaboraciones en La Nación, de Buenos Aires.
Se le designaba, entonces, como socio corresponsal de la Asociación de la prensa, de ese hermano país sudamericano, en Nueva York, con las atribuciones no sólo de la representación en los Estados Unidos, sino además en el Canadá.
Y, desde una nación centroamericana, en la que no estuvo físicamente, pero a la que llegaban sus ideas, desde El Salvador, igualmente se convocaba su talento y se le comunicaba su designación como socio corresponsal de la Academia de Ciencias y Bellas Letras.
Joven, dinámico, Martí se multiplica. Sale de su retiro y encabeza el movimiento del que brotará, años más tarde, el núcleo revolucionario para aunar voluntades, vencer diferencias entre los cubanos, y organizar la guerra que llamó necesaria, mientras igualmente se afana por responder, exitosamente, a la confianza de cuantos, en tierras de América Latina, acuden a sus oficios, y representa, desde los Estados Unidos, a los pueblos del sur.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |