José Martí , 1869
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En numerosas ocasiones, cuando leemos comentarios y conocemos opiniones sobre la vida y la obra de José Martí, sentimos que se “petrifican” los espacios, las circunstancias y que el propio personaje se detiene en el tiempo, para convertirse en una abstracción.
Se olvida que somos, del nacimiento a la muerte, los seres humanos un proceso que jamás se detiene, y que está en perpetuo cambio y transformación, porque cuanto vivimos es sencillamente un escenario para el aprendizaje.
Esto también, suele suceder con los grandes hombres y las personalidades de la historia, que aunque se vean sometidos a valoraciones y juicios de sus contemporáneos y de otras generaciones, no dejan de ser sencillamente criaturas de carne y hueso, sumidas en su contexto, como protagonistas de sus propias vidas y además, en diálogo con su entorno.
Digo esto porque cuando se habla del periodismo martiano, uno de los mayores costados de su escritura, en su anchurosa papelería, se generalizan y asimismo, se ignoran los diferentes períodos, el proceso real habitado por el hombre como si quien escribió las crónicas de La Nación, en la década de los 90 del siglo XIX, pudiera ser el mismo que incursionó, por primera vez, en la prensa, en la Cuba colonial de los 60.
Quien se adentre en la propia papelería martiana, y se olvide de otras valoraciones, podrá tener el placer de descubrir, cómo en enero de 1869, aquel Martí que no había cumplido todavía los 16 años de edad, aquel adolescente que estudiaba en el colegio San Pablo con su maestro Rafael María de Mendive, era sencillamente, como cualquier otro adolescente de su edad, un joven crítico, de fuerte ironía y sobre todo, gozaba de una capacidad de análisis asombrosa, como igualmente, manifestaba un sentido del humor, incluso de lo que llamamos “choteo” que más tarde no volveríamos a encontrar en su prosa.
Así, y en las páginas de El Diablo Cojuelo, aquel periódico habanero que editaba modestamente su condiscípulo y amigo Fermín Valdés Domínguez, en el breve espacio de la libertad de prensa, en medio de la guerra que ya había estallado en la manigua cubana y que seguía en caliente, al compás del machete, en las tierras de Oriente y Camagüey, el joven periodista satirizaba al general Dulce, entonces encargado del gobierno colonial español, y se adentraba en criterios y juicios sobre la realidad social, con un desenfado muy común entre aquellos bijiritas del café de la acera del Louvre, entre la muchachada bélica y provocadora del laborantismo, esa suerte de clandestinaje insurrecto en la capital cubana, en cuyo hábitat se expresaba Martí.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |