Leonor Pérez
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Cuando se disponía, junto al Generalísimo Máximo Gómez y otros patriotas, a ingresar en Cuba, tras prolongada ausencia y encabezar en la manigua la guerra que él había organizado desde el destierro, José Martí dejó la huella más íntima de sus sentimientos y de sus querencias al escribir varias cartas, como las que dedicó a su hijo José Francisco, a su madre doña Leonor y otras, como las que envió a su entrañable María, y a su hermana Carmencita, es decir, a las hermanas Mantilla.
En ese último epistolario martiano, especialmente el que dirigió a las hijas de Carmen Miyares, hay no sólo el amor filial, el sentimiento paterno que lo unía a quien fue, además, su ahijada, la pequeñuela que bautizó en Nueva York y que había nacido a fines de 1880, sino el testimonio de su mirada hacia la mujer, abocado al tránsito de dos centurias, enriquecida su propia perspectiva, luego de haber madurado como ser humano y como intelectual, en su exilio en Norteamérica, y de haber sido también testigo de los cambios que se venían produciendo en la sociedad moderna, con la instauración de la industria y la participación de la mujer como un ser social.
En aquella correspondencia no en tono de consejo ni tampoco de infértil moraleja, se acercaba Martí al espíritu de dos jóvenes adolescentes, a su Maricusa y a Carmita, para proponerles un plan de estudio y de vida, en la proyección de su formación como dos mujeres que pudieran, por su laboriosidad y conocimientos, ganar para sí y para su familia el sustento cotidiano, al tiempo y sobre todo que la imprescindible independencia económica que les permitiría a ambas escoger a los compañeros sentimentales de sus propias vidas, en pos de un lugar de respeto y de armonía, alimentado por una conciencia de sí, por la valoración de la inteligencia y de las capacidades de la mujer ya en el protagonismo de un lugar en el contexto de la sociedad.
A la mirada romántica de su juventud y de su adolescencia, a la visión de la mujer a la manera de una Beatrice del Dante, y sin perder en su apreciación de las virtudes de la mujer como individualidad, irá el Maestro elevando su propio pensamiento, su interpretación de la existencia, en diálogo abierto y desprejuiciado con la realidad de una sociedad que se sometía a nuevas transformaciones en las que al espacio hogareño del ayer, se incorporaba el espacio público del trabajo y la contribución de toda mujer al núcleo de su familia.
Los tres lustros de su vida en los Estados Unidos, país que le sirvió de laboratorio para conocer, sobre el terreno, a la manera de un trabajo de campo los cambios de la sociedad de su época, de los valores conductuales y espirituales, permitieron a ese Martí de 41 y 42 años entregarnos otra perspectiva sobre lo que hoy llamamos como estudios de género, con el sentido dialéctico de un ideólogo que, en aquel último lustro del siglo XIX, ya era un hombre del siglo XX.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |