La edad de oro, Ilustración
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Cuatro años y algunos meses habían transcurrido de la última separación de la pareja que formaron José Martí y Carmen Zayas Bazán, años sin José Francisco a su lado, años de apoyo filial encontrado y cultivado gracias al diario contacto afectivo con su Maricusa, María Mantilla, que fue su ahijada y con sus hermanos Carmencito, Manuel y el pequeño Ernesto en el hogar de Carmen Miyares en Nueva York.
Irrumpía 1889 en el calendario y Martí viviría también, una de las jornadas más intensas de su biografía política, intelectual y literaria. Tenía 36 años y estaba en la plenitud de su madurez.
Era una figura reconocida dentro del periodismo hispanoamericano y, además, había vuelto al campo de la lucha revolucionaria, con sus discursos en la conmemoración del 10 de octubre… Era el año asimismo, de la primera conferencia panamericana en Washington.
Pero, y no lo debemos olvidar, fue igualmente, el período en el que escribió, como único redactor, encargado de la grafía, de las ilustraciones, del diseño, de la propia selección del papel, de la concepción general de aquella excelente revista de la que sólo salieron cuatro números y que apareció en la urbe neoyorquina con el título de La edad de oro.
No eran niños ni niñas humildes, indígenas hambreados, mestizos y negros el público lector de aquella revista en sus ediciones originales y, sin embargo, por su espiritualidad y trascendencia ha democratizado su auditorio y es hoy, reservorio de ideas y de sentimientos para la niñez cubana y todo el ámbito latinoamericano y caribeño, para cuantos disfruten de la escritura martiana, de sus metáforas e imágenes en español.
La infancia, minusválida por cierto en cuanto a proyectos culturales y editoriales, no solía atraer grandes firmas, y poco era cuanto se le ofrecía, muchas veces cargadas las propuestas de dogmas y tabúes que no contribuían al enriquecimiento de aquella población, semillero de hombres y mujeres.
No obstante, cuando el proyecto apareció no temería asumirlo el cubano, aunque algunos de sus amigos y más cercanos colaboradores intentasen persuadirlo, ante lo que consideraban una tarea menor, que no merecía el esfuerzo, el talento y el tiempo de Martí.
En una carta, el Apóstol que era sólo un joven escritor y periodista de 36 años, aclaraba que no era La edad de oro, una empresa menor, sino de corazón…y así se entregaría, desde el más mínimo de los detalles, para abrir la inteligencia y cultivar el alma de sus jóvenes lectores, a quienes invitaba al diálogo libre de un pensamiento propio, amante de las ciencias y de la tecnología más avanzada de aquel siglo XIX, reputado por sus resultados científicos dentro de la construcción de la Modernidad…
Sería La edad… y los oros de sus textos, un medio de instrucción y educación sin fatigas, de constante y renovado descubrimiento en variadas disciplinas desde la historia al arte, desde la música a la etnología, en pos de valores profundamente humanistas, sin esquemas a priori ni prejuicios raciales ni culturales, ya que el superobjetivo era forjar al hombre y a la mujer libres, independientes y sanos, desde el cultivo del espíritu, por lo que se abrían de igual forma, las perspectivas, se incluían los llamados pueblos periféricos, se adentraba en el proceso mismo del origen de la especie y de la sociedad humana.
De ahí que, al tratar de imponérsele por el dueño de la empresa, el brasileño Aarón Da Costa Gómes valores obsoletos y caducos, principios rígidos de pensamiento y de conducta que limitaban el desarrollo y el crecimiento humano de sus lectores y lectoras, el temor a Dios, Martí diera por concluido su compromiso y desaparecía la revista que ahora, y en formato de libro, llega a nosotros para instalarse como una amiga a la cabecera de nuestro lecho, y en cada hogar.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |