Grilletes puestos
a Martí en prisión.
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Cuando se hable o se escribe de José Martí, siempre surge el tema de la poesía, esa la más personal de las manifestaciones literarias, también la de mayor carga subjetiva.
Y entonces se evoca al Ismaelillo, o sus desgarrantes Versos Libres o a ese espacio tan cuajado de notas autobiográficas que son sus Versos Sencillos. Él mismo cuando organizaba su papelería y realizaba un inventario de sus creaciones llegó a afirmar que los versos y poemas que había escrito antes de esos tres cuadernos no tenían el mismo valor.
Ciertamente, desde el más exacto de los criterios estéticos fueron en tales poemarios desde la juventud a la madurez, en los que cuajó su poética, sin embargo, antes había producido numerosas composiciones líricas que nos permiten introducirnos, más allá de criterios exegéticos, en el proceso vivo de su escritura y su vida y a los que no podemos ni queremos renunciar.
Por eso, cuando se cumplen ya 140 años de su encarcelamiento, de su ingreso a la prisión y luego del juicio, su etapa clave del presidio político y de los trabajos forzados, quiero referirme a aquellos versos que podían calificarse de “menores”, algunos escritos en el dorso de una fotografía, en la que vivencia, emoción y sentimientos acompañaron a la imagen del adolescente preso y sufrido que emprendía su destino.
Están sus conmovedores versos a doña Leonor, su madre, como los que envió a su hermano, Fermín Valdés Domínguez, breves poemas de un muchacho de sólo 17 años y que me permito citar:
BRIGADA -113
Mírame madre, y por tu amor no llores;
Si esclavo de mi fe y mis doctrinas,
Tu mártir corazón llené de espinas,
Piensa que nacen entre espinas flores.
O cuando le escribe a Fermín:
Hermano de dolor, --no mires nunca
En mí al esclavo que cobarde llora;--
Ve la imagen robusta de mi alma
Y la página bella de mi historia.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |