Años y meses de intensa actividad, de tensiones límites ha conocido el Delegado del Partido Revolucionario. Todo se apresta para encender la llama en la manigua, para realizar la utopía de su vida, la que alimentó su espíritu desde la adolescencia, la prisión y el destierro: la independencia de Cuba.
El último diciembre de su existencia es igual de dinámico, en los primeros días del mes recibe y se entrevista con el coronel José María (Mayía) Rodríguez, representante del Generalísimo Máximo Gómez, más tarde, en apenas una semana redacta y envía a La Habana, a su fraterno Juan Gualberto Gómez, el plan del alzamiento, refrendado con su firma, la de Mayía y también la del comandante Enrique Collazo, quien representa a los conspiradores en la Isla antillana.
Se desplaza por la emigración, dirige los movimientos y la organización de los preparativos, en cuanto a logística y recursos financieros y militares, allí están los fondos del Partido, los que centavo a centavo han entregado los trabajadores con sus sacrificios y desde el silencio.
Debe desarrollar sus tareas con extremo cuidado, desviando el espionaje hispano y asimismo, el de las autoridades norteamericanas. Todo se prepara para dar el golpe de las tres expediciones al unísono, que permitirán una guerra rápida y efectiva, que se derrumbará con el fracaso del plan de Fernandina.
Aquel hombrecito siempre vestido de negro, de amplias entradas en la frente que abren el espacio para la mente insomne, en una cabellera que clarea, el cuerpo escuálido, dolido por penas y sinsabores, desatendida la salud, quebrado en su estructura física, pero templado el ánimo por la fe y la voluntad es el de José Martí, que no repara en fiestas navideñas ni en el fin del año, sino en la obra mayor de la Revolución, la suya que él sabe ha de ser definitiva, porque con ojos de águila atisba hacia el futuro, desde su lectura del presente, y sabe de los peligros mayores que laten sobre Cuba, situada en el centro del Golfo, protagonista del equilibrio del mundo, y que además, se inscribe en un proceso histórico complejo, el de la Modernidad, cuando caduca España y su tiranía obsoleta, y está el otro que aguarda, el tigre agazapado y fiero, con las banderas del panamericanismo que él denunció como periodista y diplomático en las conferencias de Washington.
Concluye 1894 y se abre en perspectiva 1895, que será el último de su vida finita, como ser humano, mas no como alma de su pueblo, el que lo reconoce como Apóstol de sus libertades, y lo llamará “presidente” en la manigua, al conjuro de los machetes de los mambises.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |