Con 2010 se inician, también, en toda la América Latina, las celebraciones por el bicentenario de las luchas de independencia frente al colonialismo español, cuyas dos estrofas no pudieron alcanzar su conclusión en aquella saga heroica que lideraron Bolívar y San Martín en Sudamérica, Hidalgo y Morelos en México y Morazán en Centroamérica. Cuba tendría que esperar, todavía, y en la segunda mitad del siglo XIX para comenzar, con el grito de Carlos Manuel de Céspedes, en la Demajagua, su primera guerra de independencia; mientras, Puerto Rico no lograba materializar su utopía con el Grito de Lares, y cerraba la centuria con la ocupación norteamericana.
José Martí fue, desde la adolescencia, un continuador de aquellos sueños, cuya historia seguía en las aulas, y fuera de estas, cuando escuchaba a su maestro, don Rafael María de Mendive, o leía a los poetas románticos cubanos, y se adentraba en la epopeya del cruce de los Andes y en las batallas de Carabobo, Junín y luego, la victoria de Antonio José de Sucre en Ayacucho, así como respiraba el ideario de la independencia de aquellos patricios que intentaron, con la bandera del Águila negra y sus vínculos con los patriotas mexicanos o con las de los Soles y Rayos de Bolívar, incorporarse a la obra de la liberación hispanoamericana.
Al cerrarse el siglo XIX, afirmaba quien llegó a ser el Apóstol de Cuba, que al poema de 1810 le faltaba la libertad de Cuba y Puerto Rico, y llamaba a los pueblos de ambas islas, como a sus hermanos del continente, a emprender la obra de la segunda independencia.
Y, en este año, en el que igualmente se conmemoran los 115 de la caída en combate, y en Dos Ríos, del fundador y líder del Partido Revolucionario Cubano, de José Martí, comenzamos el año, evocando aquel viaje suyo, cuando iba a cumplir los 28 años, después de su segunda expatriación, y tras el revés de la segunda guerra de independencia de Cuba, a la que estuvo vinculado tanto en la Isla como en el exilio neoyorquino, el viaje que lo llevó a vivir, durante seis meses, en Venezuela, y que testimonió, al iniciar con una evocación personal, de carácter autobiográfico, aquel artículo suyo, publicado en la revista para niños y niñas, La edad de oro y que se llamó Tres héroes.
Narró Martí, nueve años más tarde, su llegada a Caracas y cómo sin quitarse el polvo del camino ni tampoco la fatiga, buscó a Bolívar, para llorar como un hijo ante su padre, el pesar profundo de ser hijo de una tierra que padecía la infamia de la esclavitud, y que todavía no podía llamarse un pueblo libre. A esa obra se dedicó, intensamente, desde que era un niño de apenas quince años, hasta que cayó, en medio de las balas, y al mediodía del 19 de mayo, feliz de estar en la batalla como un soldado.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |