Despunta el mediodía sobre la cubierta del barco, avanzan las horas y también crece la tensión entre aquel reducido grupo de soldados, algunos veteranos de otras guerras y también los que medirán, por primera vez, sus fuerzas físicas y morales en la batalla.
Hay hombres de la tercera edad, y adultos maduros en su plenitud, como jóvenes apasionados que los siguen.
Al frente de aquella singular hombradía está el Generalísimo Máximo Gómez, la experiencia de su fraterno amigo, el brigadier Francisco (Paquito) Borrero, la firmeza del teniente coronel Ángel Guerra, y la inquietud del joven maestro César Salas, así como la mirada inquisitiva del dominicano Marcos del Rosario.
Los acompaña la angustia íntima, el acerado sentimiento y la fe del Delegado del Partido Revolucionario Cubano, del organizador de la expedición y de la guerra, José Martí.
Evocamos aquellas horas, 115 años después de tal aventura, de tal suceso histórico.
A la memoria de Martí acuden los abrazos, el cariño, las miradas del adiós, y se ve, nuevamente, en el hogar de Gómez, al abrigo de Manana y de sus hijos, de Clemencia, Margarita, Andresito, Urbano, Maxito y, especialmente, de Pancho.
Así escribe el Delegado en su diario: El padre va robusto, y con la fe justa que nos anima a todos: de cuando en cuando, sin que nadie más lo note, vuelve los ojos a las costas donde Vds. Viven y’yo lo noto, porque los vuelvo también.
La farola indica la presencia de Cuba, cuando rozan Maisí, en el oriente de la Isla. La voz se apaga con la emoción.
Finalmente, y horas más tarde, se lanza el bote al agua mientras se recrudece la lluvia.
Solo tres millas separan a los soldados de la costa.
El Generalísimo imperioso asume el mando de la frágil embarcación. Marcos del Rosario que es práctico en la zona otea el horizonte y trata de encontrar la playa para el mejor desembarco.
Pero la costa sur está llena de pantanos y rocas, el bote se mueve una nuez en los tiempos del Diluvio, no hay estrellas ni luna para alumbrar el tránsito de aquellos héroes, sólo el aguacero fuerte que cae sobre sus cuerpos y sus almas.
Es el 11 de abril de 1895, y a pesar de la impericia, logran el rumbo. Llevo el remo de proa. Salas rema segundo. Paquito Borrero y el General ayudan de popa. Nos ceñimos los revólveres… Rumbo al abra. La luna asoma, roja, bajo una nube. Arribamos a una playa de piedras. (La Playita, al pie de Cajobabo). Me quedo en el bote el último, vaciándolo.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |