El cuerpo tiene sed y también pide unos minutos de reposo. Luego se impone la marcha, entre los farallones, el diente afilado de la piedra, las espinas, el lodo. Están en la tierra de Guantánamo los hombres de Gómez y Martí. Llegaron a Cuba libre.
Descubren luces, temen ante la presencia del enemigo y tratan de borrar las huellas. A golpe de machete avanzan hacia el próximo caserío guajiro, a dos kilómetros, en Cajobabo.
Vencen el miedo y se acercan a los campesinos, a las tres de la madrugada, que los reciben y acogen con café carretero.
Un adolescente llamado Silvestre los orienta. Ante los ojos de Martí está la belleza de la manigua. Toman la montaña y el cruce del río. Máximo Gómez envía una nota a un amigo, antiguo compañero de armas en la otra guerra.
Cuando cae la tarde, se refugian en la cueva de Juan Ramírez. No sólo buscan abrigo para ellos. También tratan de proteger, de las partidas de españoles y de rancheadotes, a aquellas generosas familias baracoenses.
El cuerpo del Delegado cede a la fatiga y reposa entre hojas secas. Son las primeras horas luego del desembarco, la verdad de los sueños, la utopía hecha realidad, entre aquellas rocas y el cielo.
Luego el hambre se calma ante los alimentos que los montunos les preparan. Hay alarma en el campamento improvisado y todos se preparan para enfrentar al enemigo. Pero ya el comandante Félix Ruenes sabe de la presencia del Generalísimo en la zona, y se apresta a reunírseles.
Mientras, ellos enrumban hacia el monte, lejos de los caminos, y con la fresca emprenden la marcha que se complica, para muchos, con el dolor de los zapatos nuevos y el peso abrumador de la impedimenta, de las mochilas y los fusiles.
Se monta guardia. La primera la cubren dos experimentados oficiales del Ejército Libertador, veteranos de la Guerra del 68: Paquito Borrero y Ángel Guerra.
Cenan jutía con naranja agria y sal. Y, con diez de sus hombres, finalmente llega Ruenes con abrazos y fe.
Martí avanza con todos, de igual a igual: Sigo con mi rifle y mis 100 cápsulas, loma abajo, tibisial abajo, escribiría. Algunos quieren ayudarle, temen por su frágil capacidad en la marcha. Pero él se niega a entregar el jolongo y el arma que lo hace hombre libre.
Después, y en el campamento de Tavera, escucha la primera arenga del Generalísimo a la pequeña tropa reunida en la manigua. También pronuncia José Martí su primer discurso a los soldados, entre los árboles.
Más tarde, y vencidos por el esfuerzo y la tensión, descansan. Su hamaca cuelga al lado de la de Máximo Gómez. En su diario de campaña deja el testimonio de aquel momento, la intensidad de sus sentimientos: ¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado! Sus ojos descubren una palma y una estrella.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |