Uno de los días más trágicos para la historia de Cuba lo fue el 19 de mayo de 1895, cuando al caer el mediodía sobre la altísima hierba de Guinea que cubría los potreros de Jiguaní, en el cruce de los ríos Cauto y Contramaestre, se dibuja el escenario de la última batalla librada por el Mayor general José Martí en los campos de Cuba Libre, y morir abatido por las balas.
Días atrás había recibido su bautizo de fuego en Arroyo Hondo, cuando se topó la fuerza de los expedicionarios que encabezan Martí y Máximo Gómez, con el Mayor general José Maceo, y entre la pólvora y el acero, conoció el Delegado de sangre y heridas, las que ayudó a curar con lo que él llamó, en su diario de campaña, el milagro del yodo.
Ya se han cumplido 115 años del desembarco en Playita de Cajobabo y arribamos al día aciago de su muerte, cara al sol, cuando cargaba sobre el enemigo, sobre aquel caballo que le regaló José Maceo, secundado por el joven alférez Ángel de la Guardia.
Era Martí, también, el primero de aquellos seis héroes que llegaron a las playas orientales el 11 de abril, en caer en combate, y una curiosidad debo apuntar sobre la composición de aquella tropa, integrada por dos dominicanos: el General en Jefe del Ejército Libertador, el Mayor general Máximo Gómez y el campesino y práctico Marcos del Rosario.
De esos cubanos, sólo dos contaban con la experiencia militar adquirida, de 1868 a 1878, en la guerra de los Diez años, como el Brigadier Francisco (Paquito), Borrero y el Teniente coronel Ángel Guerra. A ambos se sumaron, otros dos miembros, civiles, el maestro César Salas, quien en su infancia sufrió el exilio en Bahamas y la República Dominicana, junto a su familia durante aquella prolongada guerra y el poeta y periodista cubano José Julián Martí quien, y a pesar de haber sufrido condena, en Cuba, durante su adolescencia a trabajos forzados, en su condición de preso político, en aquellas décadas tampoco había participado en ninguna batalla de naturaleza militar.
De aquellos héroes únicamente dos sobrevivieron a una guerra que duró tres años, y ambos fueron los dominicanos, el Mayor General y General en Jefe del Ejército Libertador Máximo Gómez, y quien le sirvió de primer ayudante durante toda la contienda, y que llegó a alcanzar los grados de Teniente coronel, Marcos del Rosario.
Mas, los cuatro cubanos caerían ante las balas, combate tras combate entre 1895 y 1897. El primero, lo he dicho y dolorosamente lo sabemos, fue el segundo Mayor General que tuvo aquella tropa, y que sólo vivió, durante treinta y nueve días aquella epopeya, José Martí como lo expresó en sus Versos sencillos, caería de cara al sol, en los campos de Dos Ríos.
Semanas más tarde, lo haría el Brigadier Félix Francisco Borrero, héroe de la Guerra Grande, en el combate de Alta Gracia, y en los campos de Camagüey, el 17 de junio de 1895. El tercero llegó a ser oficial de la columna invasora, ya con los grados de General de Brigada, el veterano Ángel Guerra Porro, el 8 de marzo de 1896, en el combate del ingenio Santa Rosa, en Colón, provincia de Matanzas.
Y, el último, en entregar su vida de los miembros de la expedición de Playita de Cajobabo lo sería el joven César Salas, quien luego de ir a la República Dominicana, enviado por Máximo Gómez, a buscar a su amigo y compañero de generación, el primogénito del bravo dominicano, Francisco (Panchito), Gómez, regresó a la Isla y a los campos de batalla para morir, con el grado de Teniente coronel, tras arribar en la expedición del puertorriqueño y general mambí Juan Rius Rivera, para como Panchito, (cayó tempranamente y con grados de capitán, en San Pedro, el 7 de diciembre de 1896, junto a Antonio Maceo), sumarse a sus compañeros de expedición, al morir en la provincia de Matanzas, el 30 de mayo de 1897, aquel muchacho que, como Martí, cambió la pluma del maestro por el machete del mambí.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |