Nueva York 1880
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Si en nuestros días la ciudad de Nueva York es, por su extensión, densidad poblacional y status socioeconómico, un país también en los tres lustros de la residencia de José Martí, aquella urbe, la llamada como “la gran manzana”, era el laboratorio ideal para que un joven latinoamericano, un intelectual de su calibre, pudiera introducirse en el proceso del desarrollo que conllevó las transformaciones estructurales e ideológicas de la Modernidad, lo que se manifestó en su obra, y le permitió al Apóstol, y a su propia genialidad, alcanzar una dimensión política que no fue superada por ninguna otra figura latinoamericana de su época.
Procedente de un mundo colonial, que hoy la geopolítica califica de manera eufemística como del “Tercer Mundo” o de las naciones de la periferia, signado todavía en este siglo XXI por el subdesarrollo, aquel joven emigrado cubano que soñaba con la independencia de su patria, y con dar continuidad a la obra iniciada por Céspedes en la Demajagua décadas atrás, se encontraba con un país que emergía de la confrontación de la guerra civil, y en la que había resultado vencedor el proceso del capitalismo, su desarrollo científico, tecnológico y político, con la victoria de los “yanquis” del Norte, sobre el neofeudal espíritu del sur.
Por eso, también, y en aquel contexto, cobró mayor importancia la educación y la cultura, en el mismo proceso de construcción de la nación y de su proyecto de independencia, contextualizado por la historia y las nuevas contradicciones y retos que se imponían al mundo, y en particular al Caribe y nuestra América, ante la realidad de una transformación tan radical.
Así, y cuando asumió la presidencia de la Sociedad Literaria Hispano-Americana de Nueva York, institución a la que estuvo vinculado además como vocal en otros períodos, y desde hace 120 años, el cubano José Martí, con el apoyo y colaboración de otros patriotas emigrados como Benjamín Guerra y Gonzalo de Quesada, tan próximos a él en las responsabilidades que asumiría más tarde en el Partido Revolucionario Cubano, y con la participación activa de intelectuales de América del Sur y del Centro, de México y de las Antillas, hizo de aquella tribuna un instrumento de defensa no sólo de la identidad cultural cubana, sino una vía para unir, como un solo haz, la voluntad de los pueblos desde el Río Bravo a la Patagonia, sabedor como lo fue de la presencia en el entorno, de los Estados Unidos y su política voraz.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |