Foto: Nicolás Guillén
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Un diálogo entre culturas y pueblos testimonia las relaciones entre Cuba y Argentina desde aquel siglo fundacional de nuestra América y de la independencia que fue el XIX, cuando nos encontramos con los grandes escritores y pensadores de la Revolución de Mayo y llegamos después hasta el Facundo, ese clásico de las letras hispanoamericanas, del maestro Domingo Faustino Sarmiento; y por esa senda, desde el costado antillano, nos introducimos en el universo rioplatense gracias al talento, la sensibilidad y la escritura de José Martí.
Después sería el gran encuentro de ambas identidades en el convulso y esencial siglo XX, cuando hacia el Plata viajaron algunos de los autores cubanos de mayor vuelo, como Nicolás Guillén y Virgilio Piñera, mientras en el oleaje natural de ese ancho mar, llegaron a la Isla entre libros y sueños, hermanos del calibre de Julio Cortázar, Paco Urondo, Rodolfo Walsh, y el maestro don Ezequiel Martínez Estrada, en tiempos de fundación, para integrarse al proceso de cambios revolucionarios, para sumarse a obras como la apertura de la Casa de las Américas y la creación de Prensa Latina.
A la maestría de Jorge Luis Borges, a las polémicas entre Florida y Boedo, a los ejemplares de revistas como Sur, continuarían otros autores y obras como Leopoldo Marechal, Ernesto Sábato, este último tan bienquerido por el Che Guevara, y el flujo de intercambios y conciencia entre los que aman el tango y el cine argentinos, y los ritmos intensos del Caribe, amén de las artes visuales y las artes escénicas.
Foto: Jorge Luis Borges
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Mas, y en los años duros, aquellos tiempos desgarradores de la dictadura, de los miles de desaparecidos, ante el conmovedor grito de las madres de la Plaza de Mayo, Cuba y sus intelectuales, sus escritores y artistas, se abrieron el pecho para sufrir el duelo del pueblo argentino y alimentar la esperanza, como vimos caer, uno tras otro, en desigual combate con las fuerzas represivas a Haroldo Conti, a Francisco Urondo, a Rodolfo Walsh –este último hace ya tres décadas-, y a otros partir hacia el exilio en el mayor éxodo de la historia de nuestra América.
Y vivimos la trágica experiencia de la guerra de las Malvinas y cantamos la alegría del fin de la dictadura y disfrutamos del retorno de un cine que denunció los crímenes, de una fuerte y hermosa literatura que es expresión de la solidez de la cultura argentina y arte de resistencia, y entre los cubanos creció como nunca la solidaridad y el amor.
Sentimientos que hoy encuentran escenario cuando abrazamos, nuevamente, al novelista David Viñas, al poeta y crítico Nôe Jitrik y a su esposa, la narradora Tununa Mercado, todos laureados y también jurados en el premio literario Casa de las Américas, mientras tenemos nuevamente entre nosotros a Miguel Bonasso, y rendimos tributo a don Ezequiel, porque nos consideramos sus alumnos, hermanados en las mismas utopías, las que le nutrieron el alma para escribir de Martí, y evocamos a Rodolfo Walsh, vivo y triunfante, como en aquellos luminosos días de Playa Girón cuando, y desde La Habana, denunció tempranamente la invasión y la injerencia de los Estados Unidos, desde su condición de periodista en Prensa Latina.
No temo equivocarme si afirmo que, en las letras argentinas, en su música sensual y pasional, de tangos, cielitos y milongas, en su teatro y en su plástica, como en su cine, bebemos los escritores y los artistas cubanos que nos consideramos deudores de aquel pueblo hermano, siempre fraterno y valeroso, al que amamos desde las propias entrañas, mientras apuramos con gusto un mate amargo, y revivimos los versos del soneto de Nicolás Guillén, como si San Martín la mano pura a Martí fraternal tendido hubiera…
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |