En este mes de abril, evocamos una de esas terribles ausencias, como la de Tomás Gutiérrez Alea, quien falleció también en un abril, pero de 1996. Rendimos homenaje a Titón, no con nostalgia ni lamentaciones, sino con la memoria de su obra que lo perpetúa, no sólo entre nosotros, sino en todo el corpus integral del séptimo arte, a escala mundial, y preferimos adentrarnos en su espiritualidad, desde los múltiples costados de su quehacer intelectual, ese que lo llevó en la juventud, y mientras estudiaba la carrera de Derecho, de la que se graduó pero nunca ejerció, a buscar los senderos del arte, por varios caminos.
Y estudiaba música, gustaba del piano que siempre lo acompañó en su vida, tanto como de las artes plásticas, horizonte en el que además se ejercitó, por la vía del dibujo y la caricatura, de lo que queda el testimonio gráfico de su incursión por este medio expresivo.
Además, y siendo un joven de veinte años, y gracias a una imprenta modesta, instalada por su padre en el hogar, dio a la prensa algunos versos suyos, a los que tituló Reflejos, y a los que pude acceder gracias a la colaboración de la doctora Araceli García Carranza, en la Biblioteca Nacional José Martí, poemas de un hombre sensible que intenta encontrar su destino, y que como otros artistas, experimenta hasta que encuentra el universo que será el suyo propio y le daría voz, es decir, el del cine.
Sin embargo, aquella sencilla y modesta “plaquette”, cuya cubierta fue realizada por otro joven, muy amigo de Titón, y grande de nuestra plástica, Servando Cabrera Moreno, aquel breve poemario, que conocí gracias al ejemplar que, dedicado por su autor al poeta José Lezama Lima, se atesora en la Biblioteca Nacional José Martí, los que publicó cuando sólo tenía 21 años, nos permiten también aproximarnos a las inquietudes que ya latían en Titón, las mismas que afloraron en su acercamiento a la música, y que lo llevaron, durante cinco años, a recibir clases de piano del maestro César Pérez Sentenat y de Teoría de la Música del maestro Argeliers León.
Aunque ya, por aquellos años 40 del pasado siglo, comenzaba el otro Titón a emerger a la superficie, armado únicamente por una cámara de 8mm, con las que filmó sus dos primeros humorísticos: La Caperucita Roja y El faquir, en 1947, mientras que, como editor, y en aquella misma imprenta paterna, publicaba el poemario de otro amigo suyo, Roberto Fernández Retamar: Elegía como un himno, versos que rendían tributo a Rubén Martínez Villena.
Y, al iniciarse los años 50, tomada la decisión de avanzar por el cine, junto a Néstor Almendros, realizaba Titón, pero con actores, su primera incursión en la ficción, al rodar el corto Una confusión cotidiana, basado en un cuento del escritor Franz Kafka, a la manera de las comedias de Mack Sennet y en el que se jugaba con el absurdo cotidiano.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí. |