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  Al compás del danzonete
  Por Lídice Valenzuela
  lídice@enet.cu
 

 

Aniceto Díaz
Aniceto Díaz

Dicen los bailadores que el cubanísimo ritmo del danzonete es uno de los más deliciosos (y esta Isla es pródiga en la música), para mover los pies con un compás delicado, cadencioso, acompañado de letras inteligentes.

Esta joya de la música caribeña se debe al destacado flautista José Manuel Aniceto Díaz, quien fue también director de orquesta y pedagogo. Ese músico nació el 17 de abril de 1887 en la occidental provincia de Matanzas, donde también surgió el danzón, el baile nacional de Cuba creado por Miguel Faílde.

Díaz tuvo como enormes méritos el dotar al danzón de la voz de un-una cantante, pues Faílde concibió la música, pero sin pensar en que podía ser acompañado de letras, y además vincular al danzón y el son en un nuevo formato rítmico que denominó danzonete.

El creador del danzonete se vinculó al mundo de la música cuando solo tenía diez años de edad como cargador de los instrumentos de una orquesta. Entretanto, y como la familia no creía mucho en que la música sirviera para ganarse la vida, pusieron al muchachito a estudiar el arte de la sastrería.

Así que combinaba sus estudios del tejido y la tijera con los del pentagrama, el solfeo y la teoría con uno de sus tíos, bombardino de la Banda de Matanzas. El figle lo estudió con el instrumentista Eduardo Betancourt, quien trabajaba en la orquesta de Faílde. Años después, sustituyó a su maestro Betancourt en la agrupación danzonera. También, estudio flauta y piano.

En los años de la década de 1910, Aniceto Díaz se dio a conocer como un importante ejecutor de la flauta. Crea en esa época danzones como El Chiflido, Yattey, La pulga, A la voz de fuego y La niña de los besos, por los cuales recibió el agradecimiento de los bailadores.

Mil 914 fue un año significativo para este músico matancero, pues creó su banda y en igual período se presentó en lo salones del Liceo Artístico de Matanzas, un territorio célebre por el alto número de intelectuales y artistas que hicieron y hacen gala de su arte.

Pero, como todo lo que nace perece, mucho más en la música, el danzón cedió el paso al Son en el gusto de los danzantes cubanos. Septetos y sextetos surgieron en el país, acompañados en ese momento por las orquestas Jazz Band, que interpretaban piezas de origen estadounidense.

Avezado en la interpretación y la composición, Aniceto se percató de que los días del danzón estaban contados en el gusto popular, ya que los contratos comenzaron a escasear. Llegó el momento, pensó, de hacer girar la rueda.

Dotado de gran inteligencia musical, el matancero separó las principales características del Son, que son su ritmo regular, melodía y armonía sencilla, alternaba un solo y un estribillo, tal como ocurría en los sones montunos primitivos.

La mayoría de los intérpretes del Son desconocían la música escrita, pero lograban sonidos originales y sorprendentes, sin interrupciones, al contrario de lo que ocurre con el danzón, cuyo baile es un rito, con sus espacios y paseos, la dama siempre acompañada de un abanico o de un pequeño pañuelo.

Aniceto, según explicó en la época, no se propuso estructurar un nuevo baile sino que partió de los elementos fundacionales del danzón que tan bien conocía, haciendo una variante de ese ritmo cuando le incorporó elementos del son.

El primer danzonete de su autoría llamado Rompiendo la rutina se estrenó el 8 de junio de 1929 en el Casino Español de Matanzas. Para sorpresa del público, en el danzonete destacaba la interpretación del cantante solista y el estribillo, que era casi una guaracha, muy gustoso a la hora de bailarlo.

A partir de su presentación pública, la orquesta de Aniceto ganó rápida fama. Cada día surgían nuevos compromisos en salones y sociedades matanceras. En noviembre de 1925 actuaron en la inauguración de la Radioemisora PWX de Matanzas y meses después en la Cuban Telephone, en la capital cubana.

El danzonete alcanzó fama en la Mayor de las Antillas entre 1930 y 1932. Durante esos dos años fue el fundamento musical de una revista que se presentó en el famoso Teatro Martí de La Habana. Otras orquestas, como la de Gerardo Pérez, incluyeron el ritmo en su repertorio.

Esa música matancera aunque tuvo una vida efímera, alcanzó una fama notable en la Radio y la Televisión cubanas y en el mundo de la discografía gracias a su fiel intérprete Paulina Álvarez, de prodigiosa voz, a la que el pueblo bautizó como La Reina del Danzonete.

Aniceto Díaz falleció en La Habana el 10 de julio de 1964, dejando tras de sí un ritmo que aunque ya no es interpretado como parte de la música popular, sí influyó de manera decisiva en autores y directores de orquestas, como reconocieron los grandes Antonio María Romeo, Arsenio Rodríguez, Antonio Arcaño y Enrique Jorrín.




Foto http://www.trabajadores.cu

 
 
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