Enrique Pineda Barnet, Premio Nacional de Cine, es un tema inagotable por él mismo.
Entre otras cosas, por lo incansable que como artista es, y por la interminable imaginación que posee desde hace 75 años.
Cubanía, es la palabra clave que por sus poros se respira a partir de sus primeros ―y vasto― documentales tanto en el papel de guionista como en el director, tales son desde: 1963, Giselle y Soy Cuba; 1964, Crónica cubana; 1965, Aire frío, y, La Gran Piedra; 1967, David; 1968, Che; 1969, Guillén; 1972, M-S (mejor servicio), Ñame,Juventud, rebeldía y revolución; 1975, Mella, y, Versos sencillos, alcanzando su cumbre en 1989 con La Bella del Alhambra.
La anunciación (2008), es su última cubanía… por el momento.
Que el tema de su más reciente entrega trate de la desesperación de una familia en la que sus miembros tienen aspectos que los une y otras que los distancie, es un argumento que debería ser mucho más tratado dentro del cine cubano.
Durante un tiempo, tocar tal temática era como empañar el cristal sacro santo de la inmaculada familia cubana. Familia que ha pasado por miles de fracturas desde hace varias décadas y que bien valdría ser analizada desde miles de aristas y no sólo contemplada desde la inmigración, sino también, desde otros márgenes como es el de la madre soltera, la intolerancia, aún insuficiente, el alcoholismo, el abandono de uno de los padres, la marginalidad, la muerte, y otros más que servirían de fuente inagotable.
En La anunciación, se habla del reencuentro familiar que sirve por demás, pretexto para saldar viejas cuentas familiares al ser leído un Testamento moral. Con la excelente fotografía de Pablo Massip, bajo el ojo celador del maestro Raúl Rodríguez, nos encontramos con el disfrute de unos primeros planos que nos conducen a una sensación intimista del personaje de Amalia, anciana espiritista, que acaba de enviudar, quién vive con dos de sus hijos y un pequeño nieto en el apartamento más reducido, del último piso del más viejo edificio, de la históricamente más vieja esquina del barrio de El Vedado: 23 y 12.
Y si bien, en mundos separados, viven lastimosamente familias cubanas y no divididas por la mediación del mar, sino en el mismo suelo que a todos nos vio nacer, tenemos que, el reencuentro familiar es un contenido amplísimo de ser visto desde varios ejes sociales.
Por otro lado, el motivo del espiritismo, como el que profesa el personaje de Amalia, no es tratado en el cine cubano desde ese filme digno de mejor estudio que contó con la dirección de Manuel Octavio Gómez, me refiero a Los días del agua, clásico de nuestra cinematografía.
Trama que por desgracia, y debido a incomprensiones, el realizador Arturo Sotto no pudiera incluir ―a los acuarios― en su documental Bretón es un bebé. Pero, siguiendo la línea del espiritismo, materia que bien vale una amplia reseña para esclarecer miles de dudas, el filme de Enrique no lo maneja con mayor complejidad, pudiendo hacerlo o haciéndonos creer que por ahí iba una fuerte dosis de la narración. Es una lástima. Pero, de otro modo, sería lo que siempre ocurre, “nuestro filme” y no el de él.
No obstante, en la cinta predominan los símbolos que como tarea, el espectador debe desentrañar a través de toda la película y no sólo por los personajes del mismo.
Se presentan varios paréntesis, y uno de ellos lo vemos tanto cuando Amalia ―Verónica Lynn― a través de la cortina cree escuchar a su fallecido esposo tarareando una canción, y al final, cuando el nieto, a petición de su abuela y también a través de las cortinas, escucha la lectura del Testamento moral, revelando posteriormente la verdad de todo.
Y sobre la lectura de este documento deseo detenerme; pienso que es una válida idea que la cinta muestra, amén de convertirse en una invitación ―aunque no todos lo comprendan así― es que la verdadera ética y dignidad humana no se encuentra en los aspectos materiales que como herencia se reciben; existen otros valores muy significativos que nos hace trascender y es en lo que muchos deberíamos meditar; trascender en la calidad humana.
En el filme, y desde su misma simiente, todos son héroes y antihéroes, pero también vencedores y vencidos, que han sido arrastrados por una historia confundida en cuanto a los valores que por un lado se viven y por otro, se inculcan.
Lo sombrío, de cada una de estas particulares historias, se asfixia y escapa en cada rasgo de la cotidianidad, buscando quizás, alguna anunciación.
Foto http://www.cinelatinoamericano.org