
Ballet de Camagüey |
A escasos meses de cumplir sus primeros 40 años, el Ballet de Camagüey se presentó en la sala García Lorca del Gran Teatro de La Habana. Como es-lamentablemente habitual-, las huestes que dirige Regina Balaguer actuaron por sólo tres días con uno de los clásicos que –también lamentablemente- hace muchas temporadas no sube a los escenarios cubanos: el ballet Coppélia.
Enclavada epocalmente en el llamado estilo “clásico”, creada en 1870 en la Ópera de París por el maestro Arthur Saint-Léon, Coppélia ha pervivido más por la partitura de Léo Delibes que por la coreografía original, que como en casi todas las obras de ese período, fue desapareciendo en manos de otros maestros posteriores, como Marius Petipá, Ninette de Valois o Alicia Alonso.
Al asumir sus danzas de carácter, su famoso vals y excelente música que hiciera decir al propio Chaikovsky que, de haberla conocido antes, jamás hubiera escrito El lago de los cisnes, la obra –basada en uno de los oscuros relatos de E. T. A. Hoffmann– implica un esfuerzo especial por mantener la tradición de esos cuentos fantásticos de fines del siglo XIX para entregarla al público del siglo XXI de modo creíble y disfrutable.
Esta dicotomía se hace muy difícil de resolver cuando se poseen acendradas ideas demasiado ortodoxas. El Ballet de Camagüey tiene en sus raíces lo más férreo del clasicismo, tanto desde el método de entrenamiento o como parte de su vocabulario interpretativo, de modo que siempre vamos a disfrutar en sus espectáculos los más cuidadosos detalles en lo ballético, entendido como ejecución de pasos y encademanientos.
La preocupación por estos detalles tan importantes para el ballet, sin embargo, pueden provocar el descuido de otros no menos ortodoxos códigos en este arte, como la interpretación de la pantomima o el uso de la música como apoyo para el movimiento. Y siendo Coppélia uno de esos grandes clásicos que se apoyan en la narración convencional, la pantomima juega un papel decisivo, ya que los protagonistas “dialogan” en buena parte de la obra a través del lenguaje del gesto.
En este sentido la pantomima resultó amanerada, recargada e inorgánica, distante y alejada de la verdadera comunicación que se pretende con este antiguo recurso. Y es entendible, pues el elenco estaba compuesto por bailarines muy jóvenes, con apenas pocos meses en la compañía, y una pantomima bien interpretada es prácticamente una carrera aparte de la de bailarín.
Néstor García, intérprete del Dr. Coppélius, realizó un encomiable esfuerzo por incorporar al viejo juguetero, pero es evidente que requiere mayor experiencia para empeños más acabados. Del mismo modo, Yulia Herrera y Ledián Soto –protagonistas de Swanilda y Franz– fueron excesivos con los ademanes, sobre todo la Herrera en sus movimientos de cabeza.
Sin embargo, en materia meramente danzaria –y me disculpo por separar aspectos para el análisis cuando, en danza, una valoración correcta requiere la conjunción de todos los elementos componentes–, Yulia resultó una bailarina confiada y estable, que sabe modular fuerza, virtuosismo y contención, gracia y vigor, aunque Swanilda requiera los matices de una verdadera soubrette; mientras Ledián Soto fue muy inteligente al explotar sus mejores condiciones técnicas y encubrir ligeramente sus ineficiencias, sobre todo en algunas terminaciones. Mención aparte para Liuba Corzo y Maylín Hernández como el Amanecer y la Oración, donde evidenciaron su amplia experiencia escénica.
El cuerpo de baile, –reitero– joven en extremo, requiere de un mayor trabajo musical y armonioso, sobre todo en la czarda y la mazurka, mientras en la diagonal del Vals de las horas necesitan mayor aplomo en las caídas de los dobles tours.
pesar de lo antiguo de la producción, se agradece al Ballet de Camagüey sus breves visitas a La Habana, pues la confrontación con la capital –sede de una de las compañías que mejor interpreta los clásicos en estos tiempos, el Ballet Nacional de Cuba–, es un termómetro para saber la aceptación de un público bien entrenado en evaluar resultados, sobre todo en una obra como Coppélia que, aunque alejada del repertorio activo, siempre resulta una alegría acercarse a ellos.
* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de espacios informativos y programas especializados de CMBF, Radio Musical Nacional. |