La Manga, The Hershey Man
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La conjunción de la danza con otros medios comunicantes no es nueva, por no decir que es muy vieja. Entonces, ¿qué nos asombró de un espectáculo como el que Gabriela Medina, con su compañía La Manga, propuso bajo el título The Hershey Man en la tercera noche de la reciente Muestra Internacional Un Desierto para la Danza, de Hermosillo, en México?
No acostumbro leer las notas al programa hasta después de recibir el mensaje escénico. No obstante, al salir del teatro pensé: Esto es video-danza, y parece que no me equivoqué: La Manga Video & Dance Co. es una compañía de video-danza.
Entonces comencé a explicarme la disposición escénica como un ring pugilístico donde una sola persona andrógina se enfrentaba a ella misma con movimientos fortuitos, sonoridades porristas y muy poco de lo que convencionalmente entendemos como danza. Por sobre todo esto, proyecciones en el piso que exacerbaban el ánimo con líneas agresivas y colores sangrantes.
Mientras decursaba la pieza, más desconocíamos la danza y se descubría la clave de La Manga: el video-danza en vivo. Entonces hubo que analizar el guión cinematográfico, la coherencia de imágenes con las actuaciones de la bailarina, la justificación de que cinco filas del lunetario se perdieran en aras de captar todo el performance.
The Hershey Manfue una propuesta interesante. Pero lejos de negar el progreso, abogo por algo más de humanidad. El tema de La Manga podría traerlo. El soporte para transmitirlo no llegó. Es interesante, además, que los organizadores de Un Desierto… apuesten por l’avant garde de nuevas imágenes para el movimiento: así veremos cuán máquinas nos volvemos y cuán humanos dejamos de ser.
En la cuarta entrega del Festival, Producciones La Lágrima -o La lágrima, a secas, como más se le conoce- llevó Fisuras, una pieza que pudiera parecer sencilla pues la coreógrafa y directora Adriana Castaños apeló a una recreación de las posibilidades armónicas corporales en el espacio con franca dulzura y aplomo.
Imágenes y pautas claras recorren las líneas trazadas por una iluminación cenital inteligente y sin afectaciones. Prescinde de la anécdota para centrarse únicamente en el diseño coreográfico, con hincapié en el dúo, aunque por momentos recurre a las individualidades.
Fisuras es casi perfecta y deja un efecto de satisfacción, tanto para público como para bailarines… y de paso para la crítica. No siempre tenemos que ver la danza contemporánea como un vehículo para sufrir o experimentar pasiones existenciales, también podemos esperar el disfrute de la danza por la danza misma.
Cuando el minimalismo surgió a mediados del siglo pasado, la disyuntiva que proponía era despersonalizar el arte, darle una dimensión desprovista de sentimientos o sensaciones románticas. El holandés radicado en Suiza Arthur Kuggeleyn es, a las claras, uno de sus seguidores y, apoyado en una banda sonora de Christian Meyer, llevó al Desierto… Masters of Complications.
Con su compañía brindó una muestra muy personal, que si bien se apoya en la danza, puede también servir de ejemplo para el teatro o el performance.
Una pantalla en el fondo muestra un fragmento de piel de evidente sensualidad, mientras sus seis bailarines se mueven con su pauta esencial para, en el momento más inesperado, sorprendernos con una nueva pauta que ha evolucionado sin darnos cuenta.
De la soledad se llega a encuentros amistosos, amorosos, eróticos, provocadores; los muchachos establecen un menage à trois o un dúo gay, mientras las muchachas se desnudan limitadamente para reclamar la mano de algún espectador.
Textos escritos y algunas frases habladas advierten los referentes que el público debe conocer para seguir el camino de los lineamientos estéticos del minimalismo, donde se entremezcla el ballet, las caídas y recuperaciones, no poca gestualidad cotidiana y bailes de salón.
Pero el minimalismo de Kuggeleyn descubre sentimientos, sensaciones, se personalizan los conflictos de forma directa, individual, un movimiento que es repetido hasta el infinito… y un derrumbe masivo hacia el final.
La Muestra Internacional Un Desierto para la Danza cerró con el común broche de oro de la compañía mexicana Delfos, mediante Rincones de luz, donde se combinaron cinco piezas de varios coreógrafos, entre ellos sus directores Claudia Lavista y Víctor Manuel Ruíz.
Delfos ha convertido la experimentación del movimiento en una realidad estética que apela a lo heterogéneo en cuanto a tendencias y temáticas.
La diversidad fue la tónica del programa, que transcurrió desde la apacible fluidez de Nisi Dominus, que apela sobre todo a la imagen, reforzada por una inteligente escenografía, hasta la oscuridad de La frontera de mi piel, un cuarteto lleno de referentes bauschescos, pasando por el virtuosismo de Solo y mi alma, la ambigüedad de Entre sueños y flores y el final obligado de Bolero, donde los ocho bailarines, envueltos en sobretodos y en una atmósfera carente de color, se intercambian roles, posiciones, acciones, respetando el crescendo raveliano.
También transcurrieron proyecciones de video-danza traídas nuevamente por el FEDAME (Festival Internacional de Danza y Medios Electrónicos), cursos y talleres, danza en espacios urbanos y un encuentro internacional de críticos completaron esta décimo quinta entrega de Un Desierto para la Danza, donde Cuba ha estado representada en cinco ocasiones.
* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de espacios informativos y programas especializados de CMBF, Radio Musical Nacional. |