Sadler’s Wells Ballet
La Cenicienta, 1957
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La persistencia de las escuelas nacionales de ballet es en estos momentos, punto menos que un desafío para la cultura de aquellos países que, por años y (hasta siglos) ostentaron exclusividades en cuanto a sus peculiares manera de interpretar el ballet.
Una de las escuelas más estrictas y que se preciaba de conservar sus códigos artístico-estéticos es la escuela inglesa. Surgida a inicios del siglo XX, gracias por una parte a figuras extranjeras que radicaban en Londres como Tamara Karsávina, Adelina Genée, Édouard Espinosa, Enricco Cecchetti, quienes fundaron la Royal Academy of Ballet en 1920.
Por otra parte, a bailarines y maestros ingleses como Ninette de Valois y Frederick Ashton, los cuales con su obra fueron llevando la línea estética que caracterizó al bailarín y al coreógrafo inglés, la mesura, la distinción, la musicalidad, la flema inglesa se fue perfilando como muestra del bailarín académico, sin estridencias ni arrebatos pirotécnicos.
Moira Shearer, Margot Fonteyn, Beryl Grey fueron nombres de estrellas que llevaron ese estilo por el mundo a través de sus presentaciones con el Sadler´s Wells o en filmes como Las zapatillas rojas, Los cuentos de Hoffmanno más tarde con Una noche inolvidableo Romeo y Julieta.
Hace unos días revisé en mi videoteca una de las joyas del repertorio ingles, La cenicienta de Ashton, filmada en 1959, teniendo a Antoinette Sibley y Anthony Dowell en los roles protagónicos y a Robert Helpmann y el propio coreógrafo en una insuperable interpretación de las hermanastras.
En la obra se evidenciaban todas esas características estilísticas de los ingleses: arabesques nunca llevados a los 180 grados, piruetas que no excedían las dos, brazos redondeados en los giros, suavidad, elegancia, majestad imperial en cada movimiento; todas las figuras eran inglesas, por lo cual respondían técnica y estéticamente a los principios reales de esta escuela.
Cierto que hoy, la técnica ha sufrido cambios sísmicos que han revolucionado el ballet, pero este año, precisamente, se retiró Darcey Bussell, que explotaba todas las posibilidades físicas de la bailarina actual, pero nunca sobrepasaba la pirueta doble preservando la tradición, por sólo poner un ejemplo.
Actualmente son menos los bailarines ingleses que bailan en el Royal Ballet: la rumana Alina Cojocaru, el danés Johan Kobborg, la argentina Marianela Núñez, el cubano Carlos Acosta, cubren los titulares de las marquesinas inglesas y, quieran o no, insuflan sus respectivas maneras de hacer ballet
Los brazos alongés en los giros, las piernas a extremos desmesurados, poco recuerda la mesura y exquisitez de Shearer, Fonteyn, Grey... o de las más jóvenes Sibley, Penney, Collier, Park, Seymour; ni qué decir del sector masculino, que aunque bastante deficiente para los indicadores actuales, tenía en Michael Somes y más tarde en Anthony Dowell a los paradigmas.
Esta tendencia de internacionalizar las compañías es política casi común de las más importantes agrupaciones del mundo, comenzando por el centro del comercio: los Estados Unidos -que dicho sea de paso JAMÁS ha podido crear una escuela verdaderamente nacional, ni le interesa.
No obstante, agrupaciones como la Ópera de París o el Real Ballet Danés se mantienen al margen de esta práctica, al menos en lo esencial, mientras las compañías rusas, con su arsenal de intérpretes, se ocupan más en exportar sus talentos e influir con sus métodos en la mayor parte de los bailarines a través del orbe.
Italia, que no ha conservado una línea ascendente a pesar de ser la primera en surgir en tiempos del renacimiento, también se ocupa de la importación para solucionar sus carencias de figuras, y las que van surgiendo son llevadas a estas compañías comerciales: el caso más reciente, el de Roberto Bolle, que salió de la Scala para bailar con el American Ballet Theatre esta temporada.
Pero, a lo de hoy, la escuela inglesa: si comparamos aquella histórica Cenicienta con Mayerling de Kenneth MacMillan, grabado en 1994, con el ruso Irak Mujamédov, la italiana Vivian Durante y las inglesas Leslie Collier y Darcey Bussell, muestra esa falta de unidad escolástica, que aunque eleva el poderío técnico del Royal Ballet y no demerita el aspecto interpretativo (tanto Mujamédov como Durante hacen gala actoral) le resta unidad a la puesta.
¿A dónde irán estas escuelas en manos del consumo y el comercio? Habrá que esperar... y reflexionar.
* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional. |