La Habana acogió por segunda ocasión lo más representativo de la danza contemporánea del Caribe, durante los días de la Bienal (23-28 de marzo) que dedicó sus jornadas a los 90 años de la prima ballerina assoluta Alicia Alonso.
La nueva edición del acontecimiento tuvo en su preludio las actuaciones de la uruguaya Federica Folco y la ecuatoriana Jossie Cáceres; dúo que, con el espectáculo Maravillosa, ofreció una prueba de cómo aunar la contemporaneidad al compromiso artístico y social; en una franca, fresca y real visión del mercado del arte en nuestros días, para entregar lo que sería una de las más ingeniosas y bien recibidas actuaciones de todo el programa que presentó la Bienal.
El certamen –entretanto- recibió cinco propuestas de solos nada relevantes, salvo la interpretación que hiciera de Edith Piaf la cubana Lisbeth Saad en Non, de su coterráneo Onel Delgado, mostrando una imagen descarnada del emblemático gorrión de París.
Del país anfitrión, además, se vieron durante la competencia de grupos Mal-Son, de Susana Pous con DanzAbierta -pieza de calidad ya reconocida-; y Peso, de Sandra Rami con Teatro El Público, demasiado experimental para crear una opinión cierta de dónde está la danza y dónde el juego músico-kinético en el plano teatral.
Tampoco reflejó entregas de importancia la desnutrida presentación de Ecume, de la martiniqueña Anabelle Gueredrat, con un uso fortuito del video y tres mujeres –la coreógrafa incluida- bajo sendos cenitales en acciones-inacciones intrascendentes; y Mangeons… all inclusive, de la también martiniqueña Christiane Emmanuel, pieza adscripta a la corriente de la danza escatológica, quizás cuajada en cuanto a lo conceptual, pero demasiado agresiva para los espectadores.
Al final, sólo se premió –como era de esperar- Mal-Son, de Susana Pous, en la categoría de grupo; mientras en el apartado de solos no hubo galardones, aunque todos los coreógrafos –menos Osnel Delgado- obtuvieron propuestas de estancias en Europa.
Así, con más bajas que altas la Segunda Bienal de la Danza del Caribe mostró una debilidad preocupante en la coreografía de la región.
Fue indudable una casi absoluta reproducción de modelos europeos, a lo que se unió la ausencia casi completa de autenticidad –sin llegar a estereotipos folcloristas-, el abuso de modos reiterativos como el desnudo y el minimalismo, y quizás un imperio del snobismo y lo de moda.
Fueron evidencias que lastraron la sinceridad de la danza, como si esta se desdibujara dentro de un mar multimediático.
Así que, por cuenta la Segunda Bienal del Caribe, fue imposible juzgar el panorama regional de la danza en esta geografía; en tanto la selección sigue sin ser –como en la edición anterior- representativa, para dejar una cierta interrogante… ¿Habrá un aire fresco y sincero en la tercera bienal de 2012?
Eso esperamos los que amamos tanto la danza como el Caribe.
* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional. |