
Royal Ballet, Cenicienta
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Por cortesía expresa de la directora artística del Royal Ballet, Dame Monica Mason, tuve la oportunidad inolvidable de asistir a la premier de la temporada que esta afamada compañía inglesa ofrecía, en su sede de la Royal Opera House Covent Garden de Londres, del ballet Cenicienta de Sir Frederick Ashton.
Estrenado en ese mismo teatro en 1948, Cenicienta fue la primera superproducción que coreografiara Ashton, quien usó la partitura homónima de Serguei Prokofiev que, sin tener el melodismo de Romeo y Julieta, entrega pasajes memorables, sobre todo los valses y las reminiscencias de su ópera El amor por tres naranjas.
La temporada, que incluye siete funciones en abril y cinco martinées en junio, devuelve esta joya de la coreografía inglesa al repertorio activo de la compañía y el opening se produjo en una función de matinée el 10 de abril. Aunque suponía que el teatro estaría repleto de niños, en realidad había más adultos que infantes.
El estilo de Ashton es exquisitamente inglés, lleno de teatralidad y narratividad resueltas con largas escenas pantomímicas, de ahí que los personajes de las hermanastras –que originalmente interpretaron Robert Helpmann y el propio coreógrafo– tengan un protagonismo durante toda la obra, de tres actos y más de tres horas de duración.
Aunque ya para esa fecha coreógrafos como George Balanchine o Roland Petit trataban otro tipo de vocabulario más contemporáneo, Ashton se aferraba a los códigos heredados de los ballets imperiales rusos: argumentos sobre cuentos de hadas, escenas blancas o sobrenaturales, pas d’action y danzas populares o de salón, como los valses que aparecen en esta partitura de Prokofiev.
El acto primero es en extremo extenso, ¡45 minutos!, centrados por las feas y travestidas hermanastras –interpretadas con inglesa comicidad por Luke Heydon y Wayne Sleep– y el Hada Madrina, encarnada por la española Laura Morera –a la que vimos en Cuba como la amante de Lescaut en la Manon de Mac Millan–, quien lidereó la segunda escena, un sub-ballet con las cuatro estaciones, en el cual realizó un limpio trabajo técnico, desplegó elegancia y creó belleza. Por su parte, las cuatro solistas estuvieron discretas, aunque las dos asiáticas Yuhui Choe como el Verano e Hikaru Kobayashi como el Invierno, lucieron frías e inseguras.
También, el español José Martín –quien en La Habana interpretó Voces de primaveray un Lescaut en Manon– tuvo una breve pero agradecida intervención como el Maestro de baile.
En el papel de Cenicienta, la rumana Alina Cojocaru se presentó admirable: toda delicadeza y dulzura, su actuación fue lo más relevante de la tarde y fue muy aplaudida por el público durante el saludo final. Como el Príncipe, Rupert Pennefather exhibió un excelente trabajo de danser noble, sin mayores riesgos técnicos, con seguridad y flema inglesas.
La producción teatral es fastuosa, realista y fantástica a la vez, con decorados de Toer van Schayk y vestuario de Christine Hawort, los cuales se unían de modo armonioso a las luces de Mark Johnathan y a la Orquesta de la Royal Opera House dirigida por el maestro ruso Pavel Sorokin para crear un espectáculo perfecto… aunque distante, como esos libros infantiles que guardan castillos y bosques para que surjan de modo sorprendente al abrir sus páginas.
Presenciar al Royal Ballet en su medio con una producción clásica al extremo e inglesa sin discusión, fue una experiencia gratificante, otro motivo para reforzar la magia de este breve viaje a Londres.
* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional. |