La leyenda del agua grande
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El Ballet Nacional de Cuba acaba de pre-estrenar a fines de mayo La leyenda del agua grande, una obra de Eduardo Blanco encomendada y co-auspiciada por la Cooperativa Cultural Brasileña, en la cual se narra la historia legendaria de las cataratas del Iguazú, una de las maravillas naturales de Nuestra América. En este caso se cuenta el romance entre el guerrero Tarobá y la joven Naipí, elegida para el sacrificio ritual a Mbói Tu’i, criatura sobrenatural que guarda ríos y lagos, y distribuye las lluvias.
La temática puede parecer exótica, pero para quienes aún conviven con esas tribus autóctonas, en América, África o Australia, llevar su historia ritual al movimiento tiene riesgos, sobre todo cuando sus danzas no resultan ser tan elaboradas en su composición, pues los pueblos primarios no separaban música, plástica, drama y religión, por lo cual sus pasos muy sencillos y suelen resultar monótonos.
Entre los elementos que componen una obra danzaria, la música aparece a veces como protagónica. Miguelito Núñez fue encomendado para componer la partitura, que resultó adecuada en general, con ciertas reminiscencias aborígenes brasileñas. Sin embargo, la falta de instrumentos acústicos le da un sabor empaquetado, lo cual acerca la sonoridad a lo comercial.
La escenografía se le encomendó a Salvador Fernández, quien trabajó sobre la línea naturalista, pero su realización, pobre y artesanal, apuntó hacia un diseño entre el boceto y el arte final, que salvó el efecto de la aparición del agua liberada. Por su parte, Frank Álvarez, designado para el vestuario, empleó diseños corporales basados en los orígenes de los guaraníes, con elementos geométricos y usando pigmentos naturales en sus cuerpos desnudos.
En cuanto a la coreografía, lo primero que salta a la vista es el vocabulario, académico a ultranza, empleado por Blanco. Me gustaría recordar que en este caso se está representando un pueblo aborigen americano de tiempos legendarios, no la corte celestial del Shiva de la India, ni de las hadas europeas de los cuentos de Perrault: se trata de indios guaraníes de una leyenda y de un rito de sacrificio humano, todo muy pegado a la tierra. Entonces ¿qué sentido tiene calzar bailarinas con zapatillas de puntas o hacer arabesques y pirouettes convencionales?
Desde inicios del siglo XX Fokin, en sus Danzas Polovtsianas, había llevado danzas tribales al lenguaje de su tiempo; luego siguió Nijinsky con La consagración de la primavera en 1913, con los pies todos vueltos hacia adentro; y hay otros ejemplos similares –por sólo citar dos más– en el Calaucán del chileno Patricio Bunster, en repertorio del Ballet Nacional de Cuba durante los años sesenta; y Stamping Ground, del checo Jiri Kylian, sobre los aborígenes australianos, todos ellos con miradas contemporáneas en el tratamiento del movimiento para la danza partiendo de temas folklóricos y hasta tribales.
¿Qué se espera para el siglo XXI? Un coreógrafo contemporáneo debe valerse del vocabulario básico de su arte, cualquiera que este sea, y crear un discurso con aportes estéticos diferentes de lo habitual y cotidiano, si pretende hacer arte y no una consecución de pasos, lo que no cristaliza en este pre-estreno. Sólo pudo lograrse en el hermoso dúo del acto segundo y algunos momentos de grupo –especialidad del coreógrafo– en los cuales se descubre el espíritu guaraní y, más aún, latinoamericano.
El elenco hizo su mayor esfuerzo por hacer creíble la historia, pero dudo que haya podido creérsela, actuando como en Giselle, Don Quijote o El lago de los cisnes, sobre todo los solistas Yanela Piñera y Javier Torres, brillantes ejecutantes de los mismos pasos, expresiones, ademanes y posturas del más rancio academicismo para personajes de un Paraná legendario.
En Eduardo Blanco hay talento, pero debe comprender que el siglo XXI se mueve más allá de fouettés y maneges, así la coherencia estético-temporal le dará definitivamente el éxito que le estamos esperando. En resumen, este coreógrafo necesita “zafarse” de los clásicos.
* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional.
Foto Raúl Pupo
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