Fanny Elssler
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Cuando María Taglioni, la gran ballerina romántica, debutó en Viena en 1822, dentro del cuerpo de baile una jovencita austriaca de sólo doce años la miraba con asombro y avidez.
Lejos estaba de sospechar que unos años más tarde sería su rival y polarizaría junto a ella, las cuadrillas de fanáticos que llenaban el teatro de la Ópera de París, donde el romanticismo se comenzaba enseñorear. Mientras, Taglioni encabezaba los espíritus etéreos, ella, más joven, más bella, con más gracia y picardía, llevaba a los hombres hasta los límites del proscenio para ver sus hermosas piernas bajo los volantes de sus sayas españolas, italianas o de cualquier territorio exótico de los tantos paisajes que daban marco a los ballets de esas décadas.
Esta hermosa austriaca, que había nacido en Viena el 23 de junio de 1810 –hace ahora 200 años– era Fanny Elssler, la intérprete de boleros, tarantelas, cracovianas y smolenskas, la ballerina que bailaba en los mejores teatros del mundo con castañuelas y panderetas, pero también encarnó espíritus silfídeos y casi todas las posibilidades que la danza de su época puso a su disposición.
Fanny Elssler, luego de una brillantísima carrera en Londres, París, Viena, San Petersburgo, fue la única que se atrevió a cruzar el Atlántico y bailar en América. Pero, lo que debe mover a los cubanos a la celebración del bicentenario de su natalicio es que Elssler sólo visitó dos países de este nuevo continente: los Estados Unidos… ¡Y Cuba!
El hecho de que hubiera pisado nuestros escenarios en La Habana y Matanzas es, por sí mismo, un hecho único e insólito. Colonia española, Cuba se le presentaría quizás como otro de los muchos sitios exóticos de utilería, donde había representado su Florinda, su Esmeralda, su Gipsy. Lo que tal vez no esperaba que donde aún no se conocía lo suficiente el arte del ballet, ella iba a arrebatar al punto del delirio, que los mejores poetas de la Isla, le dedicarían sonetos y odas, que los teatros se abarrotarían y que sus ojos se llenarían de lágrimas al ver esa respuesta hacia su arte.
Elssler debutó en el Gran Teatro de Tacón –hoy Gran Teatro de La Habana– el 23 de enero de 1841 con el ballet La sílfide, que había hecho famosa a su rival Taglioni, y permaneció actuando hasta el 11 de febrero, y, aunque como homenaje bailó un jaleo de Jerez, en su segunda visita de 1842 –que incluyó también la ciudad de Matanzas, con presentaciones en el teatro Principal– se despidió con un zapateo cubano.
Fanny dejó memoria en el pueblo cubano y sus costumbres, en la moda, la culinaria, las marquillas de tabacos, pero puede reconocérsele el haber formado sus cuerpos de baile en la Mayor de las Antillas con negras a las que vistió como sílfides y les prohibió fumar en el escenario. Nos puso al tanto con los más famosos ballets de esa actualidad en Europa, como La sonámbula, La tarántula, Natalie, La Gipsy, selecciones de El diablo cojueloy sus amados números de concierto.
Pero además, la Elssler dejó sus recuerdos de sus visitas a Cuba. De su estancia entre nosotros escribió en sus memorias:
HAVANNE
Je dois à tois une autre et très brillante page à ma carriere artistique. Je dois à toi les épreuves dorées d’une generosité Habanera. Mais je dois à toi sut tour une joissance de coeur pour un don d’une valeur infinie, le don des vrais amis. Compte, belle Havane, sur ma reconnaisance.
Havanne, ce 22 février 1841
[Habana: te debo otra brillante página de mi carrera artística. Te debo las hermosas muestras de una generosidad habanera. Pero te debo sobre todo una alegría inmensa por un regalo de un valor infinito, el regalo de los verdaderos amigos. Cuenta, hermosa Habana, con mi reconocimiento.
La Habana, 22 de febrero de 1841]
* El autor es profesor, crítico de danza y colaborador de los programas especializados de CMBF Radio Musical Nacional. |