Cintio Vitier |
Cuando recibió, en 2002, el Premio Internacional Juan Rulfo, en la Feria del Libro de Guadalajara, Cintio Vitier evocaba a su fraterno Eliseo Diego, quien lo mereció en 1993, y en aquel discurso que como suyo fue una pieza conmovedora, ahondó nuevamente en sus vínculos con Orígenes y con Lezama Lima, así como esa devoción que profesó, durante toda su existencia, por José Martí, amén de realizar un singular acercamiento a la obra de Juan Rulfo, el mexicano que desde su escritura simboliza ese mensaje de belleza y amor, y allí, entre amigos, al concluir afirmó que se sentía agradecido, a todos, por convertir la muerte en palabra viva para nosotros.
Cito esa frase de Cintio, ahora que físicamente lo hemos perdido, aunque jamás será una ausencia y mucho menos, un olvido porque él con su vida creadora, con la fuerza de su eticidad y con esa obra suya que desbordó las letras y las aulas con su magisterio, él que le confirió la trascendencia universal con la que enriqueció a la cultura cubana, él también trasmutó la muerte en fuente de vida, porque lo hizo siempre desde el amor y la fe.
Pocos han calado tan hondamente en nuestros espíritus como este hombre que nació en Cayo Hueso, en los Estados Unidos, hijo de un semillero cubano, como el de su padre, el filósofo y martiano Medardo Vitier, que con entrega infinita se dedicó, durante los 88 años de su existencia, a las letras, desde plurales lenguajes, tanto en la prosa como en el verso, al cultivar varios géneros literarios, desde el ensayo y la crítica a la novela y la poesía, sin que dejemos de mencionar su condición de excepcional exegeta no sólo de la obra y la vida del Apóstol, sino de las letras cubanas, que fueron el medio para que se expresara su intelecto, y nos entregara obras tan emblemáticas como ese clásico de la literatura cubana, especialmente, de la ensayística que es Lo cubano en la poesía.
Quien fue profesor, tanto en la Escuela Normal de Maestros de La Habana, de idioma francés y de literatura en la Universidad Central de Las Villas, fue sobre todo, un auténtico maestro, ese al que la juventud acudía, más que por su sapiencia y por su erudición, por el ejemplo cívico de su conducta, por esa pasión y vehemencia que siempre alimentó su alma, que se sostenía en el amor a Cuba y a Dios, a quienes cantó en sus libros, al tiempo que gozó del privilegio de la compañía y del amor de su esposa y compañera, Josefina (Fina) García Marruz hasta el punto de ser los dos uno solo, en pensamientos, sentimientos, emociones y vivencias.
Diálogo íntimo cultivado durante varias décadas, multiplicado en sus hijos y en sus nietos, así como en los que no fueron de su sangre, pero que los asumieron a ambos con igual afecto, por esa filiación profunda del espíritu, y es que hablar de Cintio es imposible sin hablar de Fina, como no se ha podido escribir de ella sin mencionarlo a él, tal es su comunión.
Cintio Vitier y Fina
García Marruz |
Ellos, en numerosos escenarios, desde aquellos que protagonizaron en la Biblioteca Nacional José Martí, en la sala Martí y en el Anuario Martiano, como en la sala cubana, que ambos abrieron a adolescentes y jóvenes, en compañía de Eliseo, para establecer esa suerte de academia socrática, en medio del calor del trópico, entre relatos y poemas, anécdotas e ideas, singular calidez de un maestro con sus alumnos, muchos de los cuales serían sus discípulos y continuarían esa misma vocación poética, y se dedicarían igualmente al estudio de Martí, iluminados los senderos del héroe de Dos Ríos, del agonista por la palabra amorosa de Cintio y Fina, ella que ahora se duele hasta el punto que no hay palabra para expresarlo, cuando ve que él ha partido…
Honrado con los mayores reconocimientos de Cuba, y de otros países, Cintio fue siempre el puerto seguro al que podíamos llegar, en cualquier momento del día o de la noche, para encontrar la brújula…allí estaba, sereno, reflexivo, amable, con esa cortesía tan suya, armonioso en su fe, y presto a brindar la amistad, con la sonrisa de su mirada y la comprensión de quien sabía escuchar…
Cintio fue de esos intelectuales, de esos escritores que no se desdicen, y que más allá del poemario, del relato, del ensayo agudo y muchas veces polémico, crecen geométricamente cuando se les conoce, y se revelan no como autores, sino como extraordinarios seres humanos…Sí, persona, cálida y hermosa, la del hombre maduro que brindaba su apoyo al que comenzaba a escribir y a emborronar cuartillas, sin prejuicios ni dogmas…el mismo que se despojaba de sus propios bienes y que, en medio de los años más difíciles del período especial, contribuyó moral y materialmente a la edición de aquellos cuadernos martianos para los escolares cubanos…
El mismo que, al crearse el Centro de Estudios Martianos, donde se velan sus restos, fue no sólo fundador de la institución, sino un laborioso investigador, modesto y disciplinado, de los que marcaban tarjeta, descendían de un ómnibus en la calle Línea, luego de viajar hacia el Vedado desde la Víbora… antes de trasladarse al departamento en el que vivió durante los últimos años…junto a su Fina, próximo al CEM, y así impulsó junto a su esposa y otros investigadores, los primeros volúmenes de la edición crítica de las obras completas del Maestro, en especial, de su poesía, y luego, ya avanzada la edad, fue el presidente de honor de esa casa martiana, y es el nombre de Martí el que más se repite cuando de Cintio se habla, y eso me hace cerrar estas palabras con aquellas ideas del Apóstol sobre la muerte que no es verdad…cuando se ha cumplido bien la obra de la vida.
* La autora es escritora, periodista y biógrafa de José Martí.
02102009/ elz
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