El Fausto de Gounod

Yamilé Jiménez
22/ 03/ 2019

A mediados del siglo XIX varios compositores se dejaron cautivar por el mito de Fausto y crearon partituras instrumentales y operáticas que, basadas en la obra de Goethe, nos transportan una y otra vez a disquisiciones filosóficas y existenciales; tales como la eternidad, el conocimiento y el costo de vender la voluntad a cambio de la salvación.

El 19 de marzo de 1859 tuvo lugar en el Teatro Lírico de París el estreno de la ópera Fausto sin demasiado éxito, que con libreto de Jules Barbier y Michel Carré; y basada en la mítica obra literaria del alemán, fue creada por el compositor Charles Gounod (1818-1893), catalogado como el músico decimonónico francés más trascedente.

Hombre de marcada religiosidad, que en una época de su vida quiso convertirse en sacerdote, no es de extrañar la abundante cantidad de partituras sacras que compuso (entre las que destaca su famosa Ave María basada en la música del primer preludio del Clave bien temperado de Johann Sebastian Bach).

Pero también lo trasciende la gran espiritualidad en su música profana (como por ejemplo en el último cuadro del Acto IV de Fausto, donde la solemnidad del órgano impregna de misticismo la escena de la Iglesia).

La música compuesta por Gounod para su ópera está llena del espontáneo y brillante melodismo y la orquestación es de gran exquisitez, que se hace patente desde la misma obertura hasta los interludios musicales que se insertan en el transcurso de sus cinco actos.

Los coros destacan con importantes intervenciones a lo largo de toda la obra, mientras los roles protagónicos de Mefistófeles, Fausto y Margarita son de auténtico lucimiento y exigen la presencia de tres excelentes cantantes.

Fausto nació como «grand'opéra», una suerte de subgénero dentro de la ópera francesa caracterizado por sus grandes proporciones en cuanto a abundancia de personajes, gran orquesta, costosas escenografías, vestuarios suntuosos y efectos escénicos espectaculares.

Sin embargo, luego de su estreno parisino, se presentó en Estrasburgo; donde adoptó forma de ópera lírica con menos excesos y más recitativos y pasajes orquestales.

Tras varias puestas en escena por Alemania, Bélgica, Italia e Inglaterra, el Fausto de Gounod regresó a París en una segunda versión hacia 1862; y aunque en esta oportunidad logró el éxito, su autor se lanzó a una tercera versión en 1869, en la que incluyó un ballet.

Así finalmente se convirtió en la ópera más frecuentemente representada en ese teatro parisino y hasta la actualidad es no solo la partitura más reconocida de su autor sino también la ópera francesa más traducida en toda la historia, a 25 idiomas.

Su extensa carrera internacional incluye 2400 representaciones en la Opera Garnier, siendo seleccionada igualmente para inaugurar el Metropolitan Opera de Nueva York en 1883, como el Teatro Nacional de Costa Rica en 1897.

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