Monje y libertino

Yamilé Jiménez
08/ 01/ 2019

El crítico musical Claude Rostand, al referirse a Francis Poulenc (1899-1963) en un artículo del París-Presse fechado en 1950 aseguró que «en él hay algo de monje y algo de libertino»; y al parecer, el músico francés, lejos de incomodarse, intentó con sus obras evidenciar este pronunciamiento.

Atribuyó ambas características a la dualidad heredada de sus padres, toda vez que su progenitor profesaba fervientemente la religión católica, mientas que su madre disfrutaba del relajado ambiente musical del hogar, en su condición de pianista aficionada.

Fue ella, quien por primera vez sentó al niño Poulenc (a los cinco años de edad) ante un piano, con la intención de matricularlo más tarde en el Conservatorio de París. Pero varios eventos, básicamente relacionados con la Primera Guerra Mundial, frustraron aquellos propósitos; los que al final encontraron una suerte de consuelo en las clases del pianista español Ricardo Viñes, radicado en la capital francesa.

Las primeras composiciones de Poulenc fueron para piano y abiertamente contrarias al Impresionismo, tendencia   que a fines del siglo XIX había tenido a Francia por cuna, y a Debussy y Ravel como sus máximos exponentes.

Bajo esta premisa el joven músico se asoció a otros compositores coterráneos, con la intención de publicitar sus propias obras, de manera que hacia 1920 quedó constituido el grupo que Erik Satie llamaría Los Nuevos jóvenes y que la historia conoce mejor como Los seis.

De este etapa destacan la creación del ballet Les Mariés de la Tour Eiffel, así como la comedia lírica en un acto Le Gendarme incompris, fruto de la colaboración con miembros de Los Seis; además de varias obras de cámara y orquestales de su autoría, muchas de las cuales hoy están perdidas.

A pesar de sus logros, fue esta una etapa compleja para Poulenc que, atormentado por su propio mundo interior sexual y afectivo, y por la frivolidad imperante en la vida artística parisina, quedó sumido en un aplastante estado depresivo por algunos años.

Sería en 1936, cuando una visita al Santuario de Nuestra Señora de Rocamador originó una resurrección espiritual que rápidamente quedó manifiesta sobre el pentagrama con la creación de la partitura Letanías a la Virgen negra para coro femenino a tres voces.

Aunque a lo largo de su vida, Polenc compuso obras profanas, destacando una interesante producción de música de cámara para diversos instrumentos y formatos, fue este el comienzo de una larga y continua creación de piezas religiosas.

De entonces sobresalen: Misa en Sol mayor, Cuatro motetes para un tiempo de penitencia, Exsultate Deo, Cuatro pequeñas oraciones a San Francisco de Asís, Cuatro motetes para el tiempo de Navidad, Stabat Mater, Ave verum corpus, Laudes de San Antonio de Padua, y Gloria.

También repercutió su ópera Dialogues des Carmélitessobre la conocida historia de las Carmelitas  de Compiègne, a las que Robespierre mandó asesinar en la guillotina durante la Revolución Francesa, después de haberlas encarcelado y prohibido el culto religioso en su convento.

Una de las últimas composiciones de Poulenc: Siete responsos de tinieblas, también pertenece al repertorio sacro y fue compuesta entre 1961 y 1962.

Francis Marcel Poulenc, que nació el 7 de Enero de 1899 y murió el 30 de Enero de 1963, encarna para muchos la aleación perfecta entre la música profana y sagrada al componer con acierto para todos para todos los géneros relevantes como canción, ópera, ballet, oratorio, música de cámara y orquestal.

Envíenos su comentario

Nombre:
Email:
Arriba