Teatro breve en Pinar del Río

Roberto Pérez León
08/ 01/ 2019

El colectivo pinareño Polizonte Teatro ha puesto en el Milanés, de esa ciudad: En esta obra nadie llora, de la dramaturga peruana Mariana de Althaus.

Se trata de una cierta comedia de situaciones, donde la directora (minutos antes de abrirse el telón para el estreno) se enfrenta a una tonga de dificultades de toda índole: problemas técnicos, actores y actrices al borde de un ataque de nervios, asistentes indolentes.

En medio de ese tejemaneje pasan los poco más de treinta minutos que dura la puesta.

En esta obra nadie llora es un tipo teatro breve, una modalidad que poco a poco se ha ido poniendo en boga; y entre nosotros, que yo tenga conocimiento, este montaje podría ser una de las primeras muestras.

Como cápsula teatral, el trabajo de la formación pinareña es sencillo y busca divertir. Consiste en una representación donde el lenguaje verbal, las palabras tiene un considerable carácter performativo.

Lo que se ha dado en llamar acción hablada, aquí pareciera un requerimiento insoslayable. Desde que inicia, la verbalización se produce a través de un nerviosismo sonoro y gestual que por momento puede resultar atronador. Cinco mujeres y un hombre en escena arman un alboroto incesante.

Sin embargo, aunque parezca oximoronico, En esta obra nadie llora el maniobrar de los contratiempos que mueven la puesta sucede en un estático universo de acción y narratividad. No hay intriga ni expectativa posible en una misma esfera de operación dramatúrgica sin crecimiento, con estructura tan recurrente.

Toda la representación queda mediada por los humores de la directora a punto del estreno. Lisis Díaz encarna el personaje-directora y es a la vez quien asume la dirección artística y general de Polizonte Teatro, al frente de cuatros actrices y un actor.

Los niveles de actuación se mantienen estables en cuanto a la línea concebida para el montaje que no puede ser otra que la de la simpleza. Creo que el texto no dé mucho más espacio para algo, sino lo hecho en este montaje.

No se trata de malas actuaciones, es que los personajes que se manifiestan en escena son sobradamente inteligibles, no se maneja la posibilidad del desarrollo de comportamientos que no sean esquemáticos.

Los seis personajes tienen el mismo estatuto, sus circunstancias, con ligeras variantes, son las mismas: teatreros a punto de estrenar. La pobreza actancial no deja disfrutar del espesor de una teatralidad. Apenas hay dos papeles, dos abstracciones o configuraciones actanciales, solo dos roles: la dirección y la actuación en sus enmarañamientos.

Lo que me resultó destacado en la representación fue el área de actuación a través de toda la planta del Teatro Milanés. La cabina de audio y la platea, el propio escenario, incluso creo que el lobby también formó parte de ese espacio de actuación; pues me parece haber visto a uno de los personajes dando vueltas en esa zona antes de comenzar la función.

Escenificación de un metalenguaje teatral, lo primordial acá es el desarrollo de lo metatextual: se habla de los incidentes en la preparación de una puesta en escena. Sobre este trajín conceptual, de lo textual y el prefijo meta o a la inversa, se mueve En esta obra nadie llora que, por cierto, vi en otro escenario hace un tiempo y me resultó una representación de fin de curso.

Cuando digo que se trata de una composición que incluye el prefijo meta es porque lo escénico performativo recae sobre sí mismo y vemos un especie de acotación teatral sobre precisamente el teatro, en este caso los incidentes que pueden entorpecer una puesta en escena.

No hay metatextualidad a lo Gérard Genet en tanto no se trata de un comentario sobre un texto. El discurso no es directamente crítico ni teórico, tampoco autoreferencial, no habla de lo que se habla.

En esta obra nadie llora, es un ejercicio de parodia sobre el desenfreno y la histeria que parece se desata poco antes de abrirse el telón en un estreno teatral.  

La puesta es monosemiótica en tanto la producción de sentido se ejerce desde una sola orientación y para una limitada concreción. Al ser la red de significantes tan reducida nos quedamos solo con la dinámica codificada en el diapasón de la monosemia del discurso narrante.

Si tenemos que en un montaje el significado es el asunto, el argumento, la historia que se cuenta; y, el significante está en lo narrante, en el discurso, sucede que el acto sémico En esta obra no llora nadie, como señal, tiene muy poco que revelar en tanto trabajo dramatúrgico y/o propuesta para el espectador.

Su pobreza sígnica está en la notoriedad del discurso escénico. Y adviértase que no se trata de que, para que una puesta tenga riqueza sígnica deba intrincarse en meandros, sinuosidades o recovecos formales y conceptuales.

También la sencillez de una limonada tiene sus encantos. No hay que dedicar siempre atención a los sortilegios del suculento coctel Mery Pickford.

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