La última etiqueta de la exquisitez

Daniel Céspedes
28/ 11/ 2018

Después de actuar en Un marido ideal (1999) y La importancia de llamarse Ernesto (2002), el actor y productor inglés Rupert Everett interpreta a Oscar Wilde (1854-1900) en el largometraje El príncipe feliz (2018). Llama la atención cómo, al tiempo que se amolda a la figura del polémico intelectual irlandés, dirige toda la realización.

Ya se sabe, no siempre esta versatilidad de funciones depara competentes resultados cinematográficos. Ante sus antecesoras: Los juicios de Oscar Wilde (Ken Hughes, 1960); Oscar Wilde (Gregory Ratoff, 1960) y Wilde (Brian Gilbert, 1997), Everett tiene a bien soslayar los detalles sobre el proceso en la corte del Old Bailey.

El pleito contra el Marqués de Queensberry marcaría un antes y un después en la vida del autor de El retrato de Dorian Gray, no solo porque el fallo del juez a favor del padre de lord Alfred Douglas (Bossie), revelaría su homosexualidad y las sospechas sobre la calidad o, mejor, la “cuantía moral” de algunos de sus libros, así como lo condenaría a los dos años de cárcel, al descrédito público y que su esposa (Constance Lloyd) cambiara el apellido Wilde por el de Holland a sus hijos (Cyril y Vyvyan).

El relato cronológico de El príncipe feliz no se detiene ni en los interrogatorios ni en los años de gloria del decadentista inglés. Sin despreciar estos eventos significativos en la existencia del protagonista, la propuesta de Everett se arriesga en lo poco conocido o abordado en el cine: los últimos años de la vida de Wilde en Francia hasta su entierro en el cementerio parisino del Pére-Lachaise.

Todo lo anterior, como su salida de la cárcel de Reading, se soluciona con flashes back, mediando los tratos entre ficción y realidad, vida y arte, imaginación y biografía o mentira y verdad; binomios análogos que fascinaron a quien mejor personificó el esteticismo en su país.

Al asociarse lo nostálgico y lo irónico, la trama se enriquece. El cuento wildeano El príncipe feliz es una mediación simbólica que no deja de ser mordaz, pues nombra la película y retrata, con acierto, los extremos de quien experimentó la opulencia y la ruina. Si bien la narración oscila entre el presente y el pasado, son suficientes los tres años postreros del protagonista.

Por acumulación de hechos escogidos en el montaje alterno, sale favorecida la alianza de lo fragmentado. Qué escoger de la suma de una vida, por interesante que haya sido, es el primer dilema del biopic. Se invierte la atrevida tesis del escritor cuando dijo que la vida imita al arte. Ante el caso escandaloso de Wilde, el arte rememora su vida.

Tal vez el director pudo interesarse en la hechura de La balada de la cárcel de Reading, pero la historia se hubiera recargado con una sobrada subtrama que, a manera de paréntesis circunstancial, incurriría por ejemplo en el supuesto exclusivismo de la escritura de Wilde por encima de los obstáculos habidos y por haber o el amor no tan correspondido entre Bossie y él.

De hecho, lo de la tensión entre ambos hombres sí queda insinuado tras los motivos que propiciaron la escritura de De profundis. Lo sabe Everett y lo aprovecha. Asistimos al desplome definitivo del "Rey de la vida".

Las finales recaídas a partir del rencuentro con Alfred Douglas evidenciaron su humanidad. El haberse cobijado en suelo francés bajo el seudónimo de Sebastián Melmoth reafirmó una voluntad complaciente, donde la inventiva volvió a pactar con el homenaje.

En su conjunto, El príncipe feliz destaca por su puesta en escena, donde las actuaciones de Colin Firth, Edwin Thomas, Emily Watson, Colin Morgan y Rupert Everett son el plato fuerte. Rupert Everett es Oscar Wilde. Su
desempeño, resuelto entre la seguridad gestual, la fluidez sentenciosa y el deterioro expresivo, conmovió incluso al mismo Merlin Holland, el único nieto del notable escritor.

La fotografía apoya la recreación epocal, los ambientes interiores y las caminatas por los paisajes citadinos. Visualmente, se localizan escenas mejores que otras, sobre todo desde el punto de vista de la iluminación.

En cuanto a los momentos sobresalientes del filme, el espectador tiene para escoger. Para este crítico, la bronca entre Bossie (Colin Morgan) y Robert Baldwin Ross (Edwin Thomas) en el entierro es de una fuerza
y picardía expositiva sin discusión. Bossie le dice: "¡Eres un proletario de segunda clase! ¿Sabes lo que Oscar pensaba de ti? ¡Pensaba que eras un bastardo inútil! Cuando la historia mire atrás, ¡no será a ti! ¡Será a él y a mí! Tú solo serás una nota al pie, ¡deprimente hijo de puta!".

Robbie prefiere no contestarle. A propósito, es admirable la reconsideración de la figura de Robert Ross en la vida de Wilde, pues además de ser un amigo cercano y antes su amante, fue el responsable de la publicación de De profundis y otras obras y se encargaría asimismo de dar con Jacob Epstein, el escultor de la tumba de Wilde. Robbie fue su albacea y acaso, como se deja en claro en El príncipe…, quien más lo amó.

Pocos se preparan para la muerte inmediata. Hay un quiere estar vivo, cuando incluso no te permiten ser quien realmente quieres. ¿Cómo puede sentirse una persona que, después de conquistar todas las reverencias
posibles, se le repudia como si nunca hubiera existido? La tragedia de Oscar Wilde no estuvo en enfrentar una etapa correccional, ni siquiera pasar por el exilio o padecer penurias económicas.

Supo que enfrentaba un contexto difícil, donde los preceptos morales rivalizaron con los avisos de otras exigencias corpóreas. En rigor, mucho más que corpóreas. Él fue advertido por amigos y antes, en la cima de su reino, siempre tuvo conciencia de cuanto hacía.

No pudo -no se puede- desestimar los alcances de la simpatía emocional. Por otra parte, el amor hacia uno mismo termina persuadiendo la más severa vocación. Ya sabemos que la de Wilde fue vocación cautivadora por su obra, cuando no por su conversación.

Ahora, obviando afectaciones llamativas y agudezas decadentistas, constaron arrojos vivenciales muy inoportunos. Lo pudo entrever y se aventuró. Más que un ídolo de multitudes, caería pronto un precursor universal de venideros cambios socio-culturales. Hacia el final de la película leemos: “Junto con otros 75000 hombres condenados por homosexualidad, Oscar fue absuelto en el año 2017”. Desde su condena, pasaron 122 años.

Muchos de sus antiguos admiradores le dieron la espalda. Pudo tolerar los desafectos. Pero no el negársele la valentía de vivir con todas las ganas del mundo. He ahí la auténtica tragedia de Oscar Wilde. Para no faltarle a este enunciado esencial, atendiendo la figura del literato de Dublín, El príncipe feliz no puede ser más sugerente.

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