Veinte&20= vida artística y obra de Reinaldo Hernández Valera

Antonio Fernández Seoane
10/ 10/ 2018

Como en clave de palabra y número, el título de la exposición de Reinaldo Hernández Valera, “Veinte&20”, que se exhibe desde el martes 2 de octubre en la Sala Villena, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), refrenda sus veinte años de vida artística en igual cantidad de "reproducciones" de sus piezas pictóricas, una obra que aquí se mueve en tres segmentos de asuntos o temas, pero siempre teniendo como protagonista al ser humano: la mujer y el hombre cubanos, en este caso.

Pero, más que todo, el impecable ejercicio profesional de Valera es el que gana roles de proscenio al ser dueño absoluto de un dibujo de certeros trazos que pudieran recordar estructuras otras cuando ellos se dejan empapar de los colores todos, importe o no el grado de sus valores propios, radiantes o apagados para decirlo de forma más asequible; un “guiño” quizás a la hechura de algún que otro grande de la plástica nuestra, o más bien, continental.

Si estas reproducciones son capaces de develar todas estas características, imaginen lo que pudieran ofrecernos los originales pictóricos, mucho más cuando estos están realizados en grandes formatos, hechuras abarcadoras de la fuerza expresiva de su labor creativa.

Y en tal sentido, estos “asuntos” (mejor así) se nos entregan en una crónica visual de ambientes donde prima cubanidad por todos los lados, sin dejar de contemplar –claro- aquellos que los habitan y hacen: los músicos (el del cencerro, el rayador del güiro, el “acomodado” trompetista, el “sordo” tocador de las claves o ese otro, “el ángel músico”, que derrama en su vuelo los sonidos percutidos sobre la ciudad y su Capitolio); el campesino (“feliz”, como recoge el seudónimo en una de sus series pictóricas) con guayabera y gallo, con machete y café, con ron y tabaco o paseando por La Habana (nuevamente el Capitolio); y los personajes de nuestro contexto urbano, los populares, en vernáculas escenas que mucho pecan de surrealistas o de la insólita perplejidad del día a día, como esa mujer de rulos y mitones, coqueta no obstante con su fino abanico o aquellas otras dos, tabaco en boca, trajinando en la demoniaca cocina del qué cocinar hoy (hasta ella misma si fuera preciso).

Si en veinte años Valera ha logrado realizar una obra como tal, imagino lo que su prospectiva artística pueda llevar a cabo en mucho más tiempo de creación. Si hasta aquí nos ha entregado su buen arte, pienso que este ahora necesita descubrírsele: un arte semejante merece conocerse mejor.

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