Conrado Vives Anias
14/ 09/ 2018

  A José Alberto Lezcano

Lo que más desearía escribir, he ahí lo proscripto: no da ganancia. Sin embargo, tampoco puedo escribir lo otro. Y así el producto es un picadillo final, y todos mis libros son remiendos                        

                             Herman Melville (fragmento de una carta a su amigo Nathaniel Hawthorne)

 

Cuando en el año 2019 se celebren aniversarios cerrados a propósito de nacimientos o muertes de intelectuales y escritores de renombres según corresponda, como Walt Whitman (1819-1892), Jerome David Salinger (1919- 2010), Ricardo Palma (1833-1919), Amado Nervo (1870-1919)…, algunas editoriales cubanas, tal vez, pasen por alto la obra de Herman Melville (1819-1891).

Si bien este clásico de la literatura mundial ha sido publicado antes, la ocasión no puede ser más oportuna para reconsiderarlo. ¿Por qué no se reedita o se reimprime Moby Dick o, al menos, se publica por primera vez Bartleby, el escribiente? Por otra parte, estos tiempos de visualidad imperante son idóneos para concertar una campaña promocional por la televisión y hasta por la Cinemateca de Cuba. Valgan recordarse adaptaciones cinematográficas como Moby Dick de John Huston o Billy Budd de Peter Ustinov, por señalar dos buenos ejemplos.

De este modo, pudiera estimularse al espectador/lector para que indague en una biblioteca o vaya a la casa del amigo a pedirle algo de Melville, quien en el fondo, no necesita de su bicentenario para ser leído. Las efemérides son tanto para rememorar como estimular la curiosidad o cortesía del intelecto.

Diecisiete años se entregó Melville a la escritura. Se dio a conocer con un relato novelado y autobiográfico en 1846 que llamó Typee o las Islas Marquesas. Tuvo un éxito moderado. Entonces contaba 27 abriles. Popular en poco tiempo y relegado en demasía por una escritura rara y repleta de símbolos y alegorías, el también escritor de Pedro o las ambigüedades y Benito Cereno, no sería en realidad bastante estimado hasta pasada la primera Guerra Mundial.

Coinciden lectores y críticos del escritor/navegante, quien descubrió en alta mar los placeres físicos y espirituales más insospechados, que Moby Dick o la ballena blanca, publicada en 1851, es su obra maestra. Luego, que no debería leerse como un simple viaje de aventuras, donde se le da caza a un mamífero de portentoso tamaño. Moby Dick condensa las experiencias del Melville marinero. La trama le ofreció una oportunidad de manifestar directa e indirectamente cuanto sentía y pensaba como intérprete del mundo. Instaló alegorías en escenarios perceptibles, donde no faltaron e símbolos. Tras cada libro, revelaría cuotas de su complicada naturaleza. Albert Camus sostiene que en la obra de Melville el símbolo surge de la realidad, la imagen nace de la percepción. Por eso él no se separó nunca de la carne ni de la naturaleza, ensombrecidas en la obra kafkiana.

Moby Dick se cubre de un manto alegórico gracias a nombres y lugares para nada comunes. El lector atento logra distinguir el cúmulo de sugerencias. Sin embargo, el mayor mérito de esta narración no descansa en el lenguaje como bien pone en boca de uno de sus personajes Aldous Huxley en Arte, amor y todo lo demás: «Y lo que impide que el Moby Dick sea un libro verdaderamente grande es, en efecto, su fraseología pseudo shakesperiana, que emplea en todos los momentos más trágicos, fraseología especialmente idónea para la comedia, aunque el éxito excepcional del mismo Shakespeare, de Marlowe y de otros, haya engañado por desgracia a sus imitadores». Lo más admirable se localiza en la tensión dramática en un contexto que, adrede, motiva y define la psicología de sus personajes. En esto Melville era un maestro. Repárese en la carga existencialista de Ismael, el pragmatismo del insumiso y complicado capitán Ahab o en la multiplicidad de significados que puede y, de hecho, posee la ballena blanca. Multiplicidad en forma de símbolos y alegorías negada por W. Somerset Maugham y reconocida por Jorge Luis Borges.

¿Es una historia falocéntrica o machista por la ausencia de mujeres? Nada que ver. Ellas están distanciadas a las claras de rutinas laborales concernientes, en apariencia, solo a los hombres. Presumo cómo era el vínculo entre fémina y embarcación pesquera en el siglo XIX norteamericano. Por su parte, Melville, bien pudo acceder a informes anteriores a su época, donde se acreditaba la representación femenina en asuntos cetáceos. Juan Maura ha recordado en su artículo Mujeres españolas y portuguesas en la pesca de la ballena (Terranova, siglo XVI)[1] cuánto significó el papel de las mujeres de todas las clases sociales en lo que constituyó la fibra social y económica de la sociedad hispanoamericana: los bancos de pesca.

Pero lo del narrador neoyorkino era referir, de alguna forma, el romance entre Ismael y Quiqueg. Más que por justificaciones circunstanciales, estos amigos arriman y animan sus cuerpos en uno de los camarotes de la embarcación Pequod porque se gustaron enseguida. En la narración Ismael cuenta: Así habíamos estado tumbados en la cama, charlando y dormitando a breves intervalos, y Quiqueg, de vez en cuando, echándome afectuosamente sus oscuras piernas tatuadas sobre las mías, las retiraba luego de tan absolutamente sociables, libres y cómodos como estábamos […].

Terminada su historia con la última bocanada moribunda de su pipa, Quiqueg me abrazó, apretó su frente contra la mía, y apagando la luz de un soplo, rodamos uno sobre otro, de acá para allá, y muy pronto nos quedamos dormidos.

No se sabe cómo un pasaje tal cual pasó inadvertido para los lectores del acelerado y puritano siglo diecinueve. Eso sí, la relación homoerótica entre dos hombres es otro de los pormenores de la novela. Algunos creen preciso tener un recorrido ya avanzado en asimilaciones bíblicas y hasta shakesperianas para entender adonde va en realidad este sorprendente libro. Pero la fuerza de cuánto acontece, más sus personajes, son suficientes para entusiasmarse con la lectura. En carta a su amigo el escritor Nathaniel Hawthorne, Melville le revela: «La historia de Moby Dick no está cocida todavía, si bien el fuego del infierno en el que todo el libro bulle, debía racionalmente haberla cocido hace ya mucho tiempo». Algo le decía que no iba a ser comprendido y, aun así, la concluyó.

Por otra parte, Billy Budd —manuscrito encontrado por la esposa de Melville después de morir él y que ella estimó inconcluso, se publicaría en 1924— despierta el interés por toda la obra del olvidado autor. Aunque, a decir verdad, desde 1920 algunos críticos ya empezaban a resaltar el poder de una novela singular y penetrante como Moby Dick. Se dice que William Faulkner le hubiera encantado escribirla. No se extrañe, pues en este extenso relato hay tantos detalles góticos como en las ficciones sureñas representativas del género.

El escritor seguiría empeñado en asentar un deleite personal a través de una de sus más caras obsesiones temáticas: la pulsión sexual entre marinos. Billy Budd, por ejemplo, interesa por el énfasis en el ambiente a bordo del galeón británico “Indómito”. No es del mar como en Moby Dick, sino por cuanto por él navega: el agradable gaviero, que sobreviene lo incontrolable. Bajo el mandato de oficiales de alto rango fluye un torrente de testosterona que, más allá de los artículos de guerra y órdenes del capitán Vere, fija relaciones de poder.

Las aprovecha el despótico maestro de armas Claggart. Él castiga a quien no lo obedezca o lo mire con alevosía. El chico Budd, seductor inconsciente, llega para amenizar la confrontación interna. Es joven, enérgico y agraciado. Encarna la perfección varonil. A pesar de su tartamudez transitoria, es admirado y no pocos lo desean. “El hombre-niño” aviva una molestia furtiva que determina su caída trágica. Que sea el instigador de un motín no se cree, aun cuando su candor violenta, enemista, hiere.

En ese aislamiento oceánico, a la mezcla de belleza con juventud no le queda sino una triste alternativa: o se integra a esa masa mísera y confusa de la embarcación o tiene que partir aplicándosele ambigua justicia. Al respecto Borges sugiere algo de esto al acotar en Textos cautivos que «Billy Budd puede resumirse como la historia de un conflicto entre la justicia y la ley, pero ese resumen es harto menos importante que el carácter del héroe, que ha dado muerte a un hombre y que no comprende hasta el fin por qué lo juzgan y condenan».

La película de Ustinov, que por cierto, emula más con la ópera con música de Benjamin Britten y libreto en inglés de E. M. Forster y Eric Crozier que con los treinta capítulos redactados por Melville, es magnífica en su puesta en pantalla. Salvo alguna que otra sugerencia en bocadillos como la del capitán Vere cuando dice: «Hay hombres que no toleran tanta perfección. La ven como una enfermedad que debe ser erradicada al primer síntoma» o la que pronuncia el personaje conocido como El Danés: «El maestro de armas generó malicia hacia una gracia que no podía poseer», la cámara no se atreve a representar -no puede- lo libidinoso de las miradas de quienes admiran o desean al tierno marino porque la sensualidad está excluida de la obra cinematográfica. Culpemos a las restricciones del entonces vigente código Hays, por impedir que la película no estuviera más a tono con el referente literario en cuanto a goce erótico.

El mexicano Rodolfo Mendoza Rosendo, autor de un prólogo abiertamente narrativo y uno de lo más analíticos y completos que he leído sobre Melville (Bartleby, el escribiente y otros cuentos), recuerda algunos de los rasgos que apunta el crítico Robert Milder sobre Merdi, los cuales van a caracterizar la obra en prosa del estadounidense o «la creciente obsesión en los callejones sin salida metafísica que le iba a ocupar a lo largo de toda su vida: la cuestión de la existencia de Dios y de su naturaleza; el problema del mal; los límites del conocimiento; la indiferencia de la Creación». Los lectores sabemos de otras constantes que provienen de las experiencias de Melville por el mundo: la muerte y la desilusión, la nostalgia y la rebeldía, las propensiones sexuales disimuladas, no tan firmes como él, en rigor, hubiera querido detallarlas.

El otrora grumete pudo desvincularse de la escritura en muchos momentos. Mas creía en ella o, mejor, en él mismo. Pocos literatos golpeados por inconvenientes previstos o no, han sido más tenaces que Herman Melville. Del costo de su escritura, del sacrificio intelectual y de la incomprensión de muchos lectores comenta en más de una ocasión. Si se lee por ejemplo el cuento El feliz fracaso. Una historia del río Hudson pudiera accederse a ese otro relato simultáneo de la condición solitaria y, con frecuencia, descorazonadora que supone el acto creativo. Y a pesar de los pesares, está la fe del autor hacia su vocación literaria o de otra índole: «la gloria nunca se puede ganar sin esfuerzo…, y además hay que esforzarse contra la corriente, tal como hacemos ahora. La tendencia natural del hombre, tomado bajo la forma de la masa, es seguir la corriente universal hasta llegar a la nada y el olvido». Eso nos enseña Melville sin disimular su amargura. Una amargura crítica en el plano personal, social y hasta político, un tanto afín en lo anímico al sentido de la derrota que profundizara la española María Zambrano.

Melville le entregó su mocedad a la vida marinera y a cuanto ella conlleva: viajes recurrentes, lejanía del hogar, probabilidades de contraer escorbuto, nostalgia, camaradería entre hombres… En fin, aprendió mucho sobre el mar y sus misterios, acerca de las embarcaciones y sus privilegios para el aprendizaje individual y espiritual.

En tierra escribió lo que en los océanos fraguó. Sin lugar a elipsis biográficas, pudiera afirmarse que el mar representó para él una libertad vislumbrada y escurridiza, pues al hombre no le ha sido dado el privilegio de aprovecharla como quisiera. Para que no quedaran dudas de cuanto extrañó sus episodios vivenciales, dejó por escrito la siguiente confesión: ¡Dadme la vida de los exploradores del mar, la alegría, el estremecimiento, la tempestad! ¡Que sienta el roce de los hielos en los icebergs! ¡Que te aspire, brisa marina, y que relinche en tu espuma! (…) ¡Que ninguna tierra vulgar caiga sobre mi féretro! ¡Que mi tumba sea la que engulló al Faraón y su ejército! ¡Que descanse con Drake, donde él duerme en lo profundo de los mares!

Mas no se engañe el lector. A diferencia de Whitman y Emerson, la Naturaleza -personalizada por el mar en la obra melvilliana- es, a un tiempo, encantadora y temible, sorpresiva y respetable, secreta y sublime. Admira el océano tanto como le teme. Pero no le rinde culto a tan ambivalente pujanza natural.

Pobre e infeliz, sin fama y repleto de demonios internos, moría Herman Melville con 72 años en 1891. Habituado a los reveses de la existencia y la creación, llegó a decir: «La fama es un pesado patronato; déjenme ser un desconocido».Por fortuna, la posteridad no pudo complacerlo.

[1] Ver Cuadernos Hispanoamericanos No 797, noviembre 2016, pp.3-13.

 

 

 

 

 

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