Había de pintarse un homicidio hermoso. Comentarios martianos a propósito de La muerte de Marat, de Santiago Rebull

Daniel Céspedes
07/ 08/ 2018

Los primeros comentarios de José Martí sobre el desnudo en la pintura son escritos en México, a propósito del contacto directo con obras exhibidas en la Academia de San Carlos. Por lo que allí mira escribe "Una visita a la exposición de Bellas Artes".             

Divide su parecer en cuatro textos con el fin de brindar un recorrido visual y ordenado acerca de pinturas y autores mexicanos. Todos se publican en la Revista Universal desde el 28 de diciembre de 1875 hasta el 7 de enero de 1876.

En principio, las observaciones en torno a la exposición de Bellas Artes valen para acercarnos al primer Martí ya publicado como intérprete de pintura. Ellas revelan criterios que enlazan métodos ya sistematizados: la observación y la descripción, el análisis y la comparación desde la icnografía/iconología (¿qué se representa y cómo se representa?), incluso considerar el enfoque sociológico.

Esta mixtura genérica seguirá empleándola con mucha fortuna en futuros textos. A la sazón, conviene recordar esa premisa que él mismo se impone y recomienda luego al crítico de arte, la cual subyace en toda y cada una de sus aproximaciones: "(…) debemos ver para juzgar después".

Martí describe cuanto va interpretando de las representaciones visuales. No en balde la disposición de contar su experiencia estética cual relato ecfrástico. De hecho, aunque parta siempre de una obra de arte real, pudiera uno posponer el “ir a comprobar” -mirada mediante- si merece cuanto se ha dicho de ella, pues estamos ante una prosa subalterna en tanto considera la noticia o referencia genérica: personalidad, estilo, alcance de la manifestación artística…

Sin embargo, procura desde el inicio del texto ganar autonomía a través de sus alcances asociativos. Representa una legitimación de la propia escritura, al paso que testimonia las aventuras pictóricas de otros acaso ya olvidadas o desconocidas, perdidas o ausentes.

Hay un inicial intento del joven cubano por hablar sobre el desnudo en la Revista Universal. Aunque se limita a una mera mención, pues el artista Felipe Gutiérrez no quiso presentar, lo que hubiese sido propicio para el despliegue del maestro, entre otras obras, sus "estudios de desnudos IV".

No es sino en el último de los textos ("Una visita a la exposición de Bellas Artes") cuando, refiriéndose a La muerte de Marat (1875),[1] de Santiago Rebull (1829-1902), se detiene en otra pintura del hecho para destacar porciones de un desnudo como la cabeza, el torso y los músculos.

Sin modelo, porque Marat no se reproducirá hasta que no se reproduzca la historia de la esclavitud europea, reguló los músculos, dio belleza artística a un torso de fiera, inclinó hacia atrás una cabeza en el momento de una suprema maldición, y contraído en el baño, comprimiéndose el corazón partido, con el tronco de encina a un lado, con la tabla mal cepillada sobre la bañadera, vertidos los papeles sobre el suelo, escritas unas líneas sobre un número del Amigo del Pueblo, cumplió el pintor en esta figura la verdad histórica, asombró con su armonía de detalles, acabó sin desagradable pulimento, un perfecto conjunto, y en un término de su lienzo, copió el instante en que el tribuno acaba de recibir la puñalada de Carlota Corday.[2]

Solo vemos a Marat que, metido en una bañera, muestra su pecho descubierto. Muy cerca apreciamos papeles dispersos. A esta obra le antecede el óleo sobre lienzo La muerte de Marat (1793), del pintor francés Jacques-Louis David (1748-1825); también el de Paul Jacques Aimé Baudry (1828-1886), artista de otra generación que muestra interés en el famoso delito con su El asesinato de Marat (1860).

David exhibe al político e intelectual sucumbiendo en primer plano. Carlota Corday no está en la escena. Asistimos así al último suspiro de un hombre solo y derrotado. En el cuadro de Baudry, el también médico y activista yace muerto; hacia la derecha, arrinconada como escondiéndose, advertimos a la belleza girondina con el cuchillo entre las manos.

Quince años después, aparece el mexicano Rebull para captar, tras la estocada, el dolor del presuntuoso varón y la presencia de su asesina asombrada tras haber dejado caer el arma blanca.

Aquí se obliga a toda admiración: después de dar el golpe, no pudo ser otro el movimiento de Carlota Corday. Cumplió y se aterró. Hundió y retiró el puñal; se llevó Marat la mano al pecho; dio un paso hacia atrás la joven, derribando una silla perfectamente colocada, y abriendo la mano derecha deja caer el puñal lleno de sangre, y levantando el brazo izquierdo inclina hacia un lado el cuerpo, como defendiéndolo de enemigos invisibles sin apartar los ojos del herido, ni detener la precipitación de sus pasos: que esta ha sido la magia del genio, sorprendiendo a la naturaleza en el difícil momento del horror.[3]

El detalle narrado justifica la acentuación del torso desnudo. Detalle descartable para David y Baudry por interés narrativo y resultado estético. Tres Marat que, al ser confrontados, complementan el crimen: del instante en que aún la asesina está en escena, pasamos a la agonía del "predicador de la libertad feroz"; para colmo, ella permanece allí, pues quiere comprobar que, en verdad, su víctima ha muerto. ¿Retroceder asociativo?[4] Evocación pictórica que nos convida a quedarnos con la fuerza escénica más que con el ímpetu agonizante de la víctima.

La Historia motiva la osadía artística en el cuadro de Rebull. Ahora, el heroísmo personificado -si bien teatral- es una ganancia de la Corday. La Historia y el arte se tributan a un tiempo, aunque aquélla termine espantándose por las autonomías que se permite este último: "La realidad es casi siempre monótona, y la fantasía tiene como buen defecto el que una crítica recelosa tendrá nimio escrúpulo en perdonar".[5]

Tomando como referente la pintura de Santiago Rebull, José Martí aprovecha para colar ideas de su credo estético. En este desnudo deslucido por la victoria trágica de Carlota, por la presencia imponente de esa figura cubierta y elegante, lo más importante radica -según Martí- en hacer evidente que la sinceridad histórica necesita del artificio estético si de alcanzar valor artístico se trata.

Valor artístico que se traduce en influjo o seducción espirituales. Y en "arte al servicio de la libertad". Este es un cuadro que se toma sus licencias históricas, pues mutila sucesos en torno al asesinato de Marat en virtud de ganancias estéticas. Pero repárese en la afinidad cara/cuerpo y cómo tiene en cuenta Martí el tratamiento de la cabeza que ha cifrado ya una expresión de dolor, la derrota, el pathos.

No obstante, es el semidesnudo corporal quien mejor define al Marat de Rebull. Atienda el lector a la descripción de Martí cuando va de lo extraestético a lo artístico para centrarse en el salvaje vigor de la figura del asesinado.

La fidelidad histórica hubiera querido algo mayor la cabeza de Marat; pero la concepción estética hizo bien en desviarse en este pequeño detalle de la verdad. Ese torso sorprendente ha obedecido a todas las indicaciones del pincel: se levanta hacia los hombros: como que se arranca en curva de las caderas: tiene la verdad de la piel, el color del cutis en el baño, el tinte azulado de la sangre que acaba de recibir una brusca alteración. Es verdad que para Marat no puede haber modelo; pero tal vez debieran ser más señalados los músculos del hombro izquierdo y de la región torácica cercana. Esa es la figura, producida con todo su salvaje vigor.[6]

¿Pose ante la muerte? Sí. ¿Sensualidad por encima del sufrimiento? Desde luego. En su intento de imponerse a la muerte, la vida fracasa en el arte: la derrota tiende a ser más estética que la victoria. Y la estetización de la violencia por una causa justa, bien vale la pena en el encuadre artístico, piensa Martí.

¡Cuánto le hubiera gustado que la historia justificara el desnudo artístico de la Corday, verdadera protagonista del cuadro de Rebull! Aunque el crítico se muestra partidario de ciertas insinuaciones a quien le reconoce "belleza femenina" y "hermoso cuerpo", le toca apreciar a una dama cubierta, quien se gana la idealización ¿por divina? No, por patriota.

Si en la figura de Marat, Martí había atendido a sus músculos, cabeza… incluso examina el conjunto corporal, es cuando, enfocándose en Carlota Corday, uno aprecia análogos o sucedáneos del desnudo al leer "mano de mujer", "manos blancas y suaves de mujer", "hermosísima cabeza".

Luego, no se resiste y se centra Martí en la desnudez del rostro que expresa belleza, asombro y arrojo: "¡Hermosísima cabeza, copia fiel de aquel severo rostro! Tiene a contracción de sus cejas, la griega corrección de su perfil, los varoniles rasgos de su barba"[7] y de ahí resume la situación: "Esa mujer está temiendo, está espantándose, está andando: se sale del cuadro, como se ha salido de trabas mezquinas y de enojosas tradiciones de escuela el genio del pintor".[8]

Carlota complementa el erotismo concedido por Martí al dolor estetizado de Marat. Podemos suponer que ella ha reído al entrar cuando el varón se baña, que es capaz inclusive de desnudarse para simular una seducción.

Lo de Rebull es insertar una escena de célebres y necesitados antípodas: odio/amor, sufrimiento/satisfacción, simpatía/rechazo, estabilidad/caída, silencio/lamento, cubierto/desnudo… ¿Confrontación genérica aludida y ambigua? Por qué no. Aunque el cubano prefiere ajustar todo cuando se refiere a lo que califica de "dos exageraciones del espíritu".

La crítica de Martí resalta lo que la obra exhala en relato conflictivo por encima de los valores técnico-formales: la contraposición entre la víctima y el victimario; la vida y la muerte; el pathos de un semidesnudo sensual y el triunfo de una actitud más que de una expresión.[9] "Terrible acto heroico" de relaciones culturales aún impresionantes.

 

[1] De lo escrito por Martí de esta obra, el académico mexicano Justino Fernández comentó en su estudio José Martí como crítico de arte (1951): "Es una pieza perfecta de crítica de arte, además, escrita con un ferviente entusiasmo, que no le impide un sentido de medida equilibrado. Es aquí que triunfó por primera vez Martí como crítico; más tarde dedicará otros párrafos excelentes a otras obras, pero a ninguna un ensayo tan exacto en su método, en su forma y en su contenido, ni de tal extensión".

[2] José Martí: Obras completas. Edición crítica (OCEC), Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2000, t. 3, p.148.

[3] Ibídem, p. 149.

[4] Conviene destacar que Martí no menciona las obras de los pintores franceses. Conoce la de David, mas no la de Baudry. Ello lo exonera de establecer comparaciones.

[5] José Martí: ob.cit, t.3, p.151.

[6] Ibídem, p.148.

[7] Ibídem, p.149.

[8] Ídem.

[9] La expresión le interesa a Martí más que el rostro. Entre los varios ejemplos que pudieran mencionarse de los textos martianos léase cuanto comenta a propósito de La demencia de Doña Juana (1867), de Lorenzo Vallés (José Martí: Obras completas, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1975, t.15, p. 142.)

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