Del agua y otras formas de Guillermo del Toro

Daniel CÚspedes
06/ 07/ 2018

Junto a Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu, es Guillermo del Toro el tercer integrante de una tropa autoral que, a fuerza de (re)conocer el cine mexicano de todos los tiempos, ha intentado (y logrado sin duda alguna) rebasar el cine de rancheras y de comedias ligeras.

Conste que ellos saben cuánto representa histórica y culturalmente esas propuestas cinematográficas de y sobre su país. Pero los tres han querido demostrar que son directores diversos por curiosos, pues los temas están en cualquier lugar del orbe y el autor escoge de donde le venga en gana para hacer cine.

De esta tríada creativa, cuyos miembros tienen intereses temáticos y estéticos diferentes, Guillermo del Toro es el más joven.

El también guionista, productor y novelista, galardonado con varios premios como el Ariel, el Goya y recientemente el Oscar, desde que se dio a conocer con La invención de Cronos (1993) hasta La forma del agua (2017), no ha temido evidenciar su amor a los comics, aparecidos y monstruos.

De ahí que lo veamos incursionar una y otra vez en películas de terror y fantásticas, donde sus personajes aterrizan en contextos históricos identificables.

Estos correlatos alternativos le han permitido a Del Toro aportarle al espectador otra mirada, por lo general, imaginativa y atractiva acerca de lo que sabemos pasó.

No se extrañe entonces que sean, por ejemplo, El espinazo del diablo (2001) y sobre todo El laberinto del fauno (2006), dos de las obras más sugerentes en cuanto a visualidad complementaria y planteamientos críticos sobre la Guerra Civil Española.

Del Toro es también el responsable, entre otras, de Blade II y la saga de Hellboy. Como se sabe, el mexicano arrasó con muchos premios, entre ellos los Oscar de este año, con la sobrevalorada La forma del agua, un film con una puesta en escena de celebrar, pero no pasa de ser un pretencioso y no pocas veces risible homenaje al séptimo arte.

Hay que reconocer que el también autor de Mimic (1997) es atrevidísimo en sus temáticas y son provocadores sus resultados visuales. Pero, a veces, descuida el fluir de la narración y no aprovecha la buena historia que ya ha escogido.

No olvide el lector La cumbre escarlata (2015), donde se nos presenta una relación incestuosa entre hermanos, asesinatos en el pasado y otros que pueden comenzar, fantasmas familiares y mediadores entre el mundo de los vivos y los muertos, sueños y visiones superpuestos en una solitaria y amenazadora mansión. 

Una atmósfera que quiere agasajar los grandes relatos góticos y entrelazarlos con las narraciones de terror de Lovecraft. La ingenuidad de sus planteamientos, a nivel tanto de guión como de historia en esta película, la confina solo a las expectativas de un público infantil ya difícil de aterrar.

Ahora bien, el cine de este notable realizador ha conocido más altas que bajas. Ello lo podemos apreciar en el ciclo Guillermo del Toro: Bestias, fantasmas y asesinos, una propuesta de la Cinemateca de Cuba para este verano que no deberías perdértela.

 

 

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