A propósito del VIII Festival Internacional de Teatro Femenino en La Habana: Mujeres y teatro. ¿Por qué “escritura de la/s diferencia/s”?

Roberto Perez Leon
12/ 06/ 2018

Finalizó el VIII Festival Internacional de Teatro Femenino, espacio, según las organizadoras, de “la escritura de la/s diferencia/s”. Quisiera tratar de contribuir al análisis de la calidad de las puestas mostradas que, según la norma del Festival, correspondieron a los montajes de los textos ganadores en el Concurso Internacional de Dramaturgia Femenina.

¿Las puestas en escena articularon, fueron moderadoras en la visión de lo femenino? ¿Se hizo teatro? En lo que pude ver encontré, en términos generales, textos lingüísticos pobres y puestas en escenas insuficientes. Claro, hay algunas excepciones donde ubico el montaje que trajo el grupo “Teatro de la Utopía”, de Pinar del Río.

La situación de la mujer, de manera global, es uno de los trastornos sociales más urgente a resolver. Es una apremiante necesidad social remediar este entuerto que pasa absolutamente por el ámbito de los derechos humanos.

El teatro puede ayudar en la emancipación de la mujer de una manera diferente a como lo haría una discusión conceptual, filosófica o un programa político. Pero no es posible la simplificación de la creatividad, aunque se trate de un problema tan inaplazable como el de la mujer. Por medio del teatro se pueden alcanzar metas y propósitos, mas no a través de lo retórico y del involucramiento emocional o el entusiasmo asambleario.

Una puesta en escena no trata de un texto y una pretensión performativa. Ella es la conjunción de disímiles signos performativos capaces de conformar realidades enriquecedoras en el ámbito espacio-temporal de la escena.

Para que el hecho teatral sea movilizador, desde el punto de vista estético e ideológico, tiene que plantearse una dialéctica entre texto lingüístico, representación y puesta en escena. Cuando la puesta en escena se reduce a reproducir un texto lingüístico tenemos que dar por sentado que va a ser mediocre.

En la puesta en escena, como sistema significante, se confrontan los subsistemas que la conforman, que a su vez son sistemas significantes también. Una puesta lograda es la que sincroniza y actualiza constante todos sus componentes ante un público.

Cuando esto se alcanza el teatro se convierte en un espacio otro, un espacio que se sale de lo cotidiano de manera natural y a la vez insólita, gracias a la invención teatral. El teatro sin invención se reduce a reproducir simplemente el texto lingüístico. La puesta no es una figuración del texto, no se trata de hacer maromas visuales y sonoras con él y a partir de él.

Las posibilidades espacio temporales del teatro son infinitas. El teatro tiene que ser un espacio otro, un lugar fuera de los lugares reales, un contralugar por obra y gracia de la invención teatral. La invención teatral pone a un lado determinadas reglas y leyes de la vida cotidiana.

Cuando el teatro reproduce el espacio-tiempo de lo habitual es un evento sin encantamientos, no nos permite transitar del espacio del arte al espacio social; tránsito éste dador de reflexiones que hacen que sangre nueva nos corra por las venas como asegura Martí cuando de arte se trata.

Por las infinitas posibilidades espacio-temporales del teatro podemos considerarlo una heterotopía, porque puede representar y relacionar espacios, y hasta capas temporales diferentes.

Las heterotopías representan lugares especiales anclados en nuestra sociedad que difieren en su espacio-temporalidad de los restantes lugares. Este concepto que parte del filosofo francés Michel Foucault nos ayuda a ver al teatro como un lugar fuera de todos los lugares que puede ser localizado por el efecto de reconocimiento de los espectadores-creadores.    

La cualidad heterotópica del teatro permite que lo real y lo imaginario puedan tener umbrales perceptibles insospechados, creándose un modo de actuar nuevo, enriquecido y enriquecedor al ponerse en juego muchas combinaciones de signos.

El teatro es un suceso artístico donde tienen lugar acciones que generan afecciones que pueden intervenir en el espacio social. No es un repetidor de la realidad. Como hecho artístico no genera reconocimiento, sino una percepción particular, una visión ideo-estética edificante.

Tenemos que tener claro que esta capacidad heterotópica del teatro no es inmanente al texto lingüístico. Un texto insuficiente puede ser salvado con una puesta creadora. Una puesta mediocre no deja ver a un texto estallante. No hay que dejar de insistir en que la puesta en escena es la resultante del convite de todos los sistemas significantes que la componen.

Y quiero destacar que este convite es relacional, no se trata de poner estos sistemas significantes uno al lado de otro o uno sobre otro. Una cosa son los signos textuales y otra son los signos escénicos y su hechura, composición, enfrentamiento.

Los medios con que cuenta la escena hoy van desde un posible texto lingüístico hasta la proyección creadora del público: actores, directores, escenógrafos, diseñadores, sonidista, editores digitales y más y más, y todo inmerso en un contexto social concreto.

Una puesta no es para satisfacer el ego o exorcizar los demonios de un productor, por supuesto que puede contribuir a ese ejercicio de conjuración. Pero el teatro es un evento social que reviste una cierta masividad tanto en la producción como en la recepción.

Hay significación desde que alguna cosa vale no para ella misma, sino para otra. No basta con que algo valga para uno para que ese algo produzca sentido en el otro. Lo que posee significación no es lo que algo es por sí mismo, sino lo que vale para otro.

Si algo vale por sí mismo y no lo trasciende no llega a producir sentido social. El análisis de una puesta en escena debe contribuir a esclarecer el modo de producción de ese sentido que necesariamente tendrá que ser social.

Es cierto que el acto creativo parte de una necesidad individual, íntima, atormentadora casi siempre, como un fantasma que trastorna. Luego de esa insoportable necesidad viene el mecanismo de la creación: misterioso, casi divino, cabalístico.

Una necesidad individual prende cuando es recepcionada y reconstruida por un público. La enunciación teatral es un acto colectivo de creación con su correspondiente carga estética e ideológica. El teatro como creación no puede ser usado, pues pierde su autonomía. El teatro tiene un valor por sí mismo y en sí mismo, usarlo es desvirtuarlo y hacerlo insípido.

El género es una construcción social, el sexo es biológico y el erotismo cultural. La mujer es vertebral en las operaciones conceptuales y teóricas alrededor de esta trilogía de entidades no independientes que, no obstante, pueden ser problematizadas cada una por su lado y a la vez convertirse en cualidades sociales.

Estoy convencido que el problema del mundo hoy pasa por la solución de los problemas de la mujer. Y son muchos y es urgente tomar conciencia de ellos de una manera efectiva y real. Hace falta una dosis de voluntad política global.

Ahora bien, cuando se “artífica” esta problemática corremos el riesgo de crear un engendro que nada tiene de arte ni de la autonomía que conlleva. No se trata de hacer ejercicios estéticos y conceptuales alrededor de entelequias. Es incuestionable que el arte puede contribuir a cambiar una situación, pero esto no es tan simple como tratar de “artificar” la situación que se precisa cambiar.

Desde la empinada Medea, pasando por el portazo de la Nora de Ibsen ha habido muchas acciones, y seguirán hasta que no veamos a las mujeres, no como portadoras de una diferencia, sino como seres que forman parte del inmenso horizonte de la realización de la humanidad.

 

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